<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><!-- generator="FeedCreator 1.7.2-ppt (info@mypapit.net)" --><rss version="0.91">    <channel>        <title>Blog de Marcelo Choren</title>        <description><![CDATA[Comentarios, notas, y tips sobre el oficio de escribir.]]></description>        <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/</link>        <lastBuildDate>Thu, 02 Jul 2009 17:59:46 +0100</lastBuildDate>        <generator>FeedCreator 1.7.2-ppt (info@mypapit.net)</generator>        <item>            <title>Incidentes - Kate Atkinson</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/06/00036-incidentes-kate-atkinson.html</link>            <description><![CDATA[<div style="text-align: justify;"><img border="0" height="320" src="http://fotos.miarroba.com/fotos/c/f/cf9fddf8.jpg" style="border: 0; float: left; margin-left: 5px; margin-right: 5px;" width="205" />En pleno festival de Edimburgo, algo perturba durante un instante la pac&iacute;fica calma de una cola que espera entrar en un espect&aacute;culo. El choque de dos coches, en apariencia accidental, desemboca en una brutal agresi&oacute;n que toma un giro inesperado cuando uno de los ciudadanos de la cola interviene en defensa de la v&iacute;ctima. Ser&aacute; el desencadenante de una serie de acontecimientos enlazados entre s&iacute;, contenidos unos en otros como <em>matrioskas</em> rusas, esas mu&ntilde;ecas que siempre tienen otra m&aacute;s peque&ntilde;a en su interior..., hasta llegar al n&uacute;cleo de la intriga.<br />Una vez m&aacute;s, Kate Atkinson enfrenta a Jackson Brodie, ex militar, ex polic&iacute;a y ex detective privado, a un caso en el que ser&aacute; algo m&aacute;s que observador.<br />y es que, en esta ocasi&oacute;n, Jackson se ver&aacute; convertido nada menos que en sospechoso de asesinato. Incisiva y trepidante, <em>Incidentes</em> pone al d&iacute;a el g&eacute;nero negro con un magn&iacute;fico estudio de caracteres y una trama que crece en intensidad e inter&eacute;s a medida que se acerca a la clave del desenlace.</div>]]></description>            <pubDate>Thu, 11 Jun 2009 21:55:13 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Americanas aventureras – Cristina De Stefano</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/05/00035-americanas-aventureras-cristina-de-stefano.html</link>            <description><![CDATA[<img border="0" height="320" src="http://fotos.miarroba.com/fotos/c/4/c481ee49.jpg" style="border: 0; float: left; margin-left: 5px; margin-right: 5px;" width="211" />Escritoras, fot&oacute;grafas, damas de la alta sociedad, actrices, interioristas..., y mucho m&aacute;s. La galer&iacute;a de mujeres que ofrece <em>Americanas aventureras</em> recorre un amplio espectro de personalidades, muy distintas pero con un hilo com&uacute;n: su rebeld&iacute;a frente a los convencionalismos y su voluntad de encontrar un camino propio. Desde perspectivas diversas &mdash;en el &iacute;ndice figuran adem&aacute;s una precursora del feminismo, una pionera del credo ecologista, una compositora, una antrop&oacute;loga o una aviadora&mdash;, todas ellas dejaron su impronta en un siglo clave para la historia femenina: cada una, a su modo, interpret&oacute; de forma personal su herencia y dio nuevo sentido a lo que significaba ser mujer. El conjunto constituye no s&oacute;lo la espl&eacute;ndida panor&aacute;mica de una &eacute;poca, sino tambi&eacute;n un fascinante paisaje humano y creativo, que en muchos casos resultar&aacute; in&eacute;dito. La energ&iacute;a vital de estos personajes y de sus existencias, intensas y azarosas, quedan subrayadas por el pulso din&aacute;mico de la prosa de Cristina De Stefano; su aguda levedad es el veh&iacute;culo perfecto para transmitir perfiles llenos de coraje en breves y sugerentes retratos. Como lema, todos ellos podr&iacute;an recurrir a una frase de la &laquo;chica mala&raquo; por excelencia, la actriz Mae West: &laquo;Una mujer debe ser fuerte, tanto en la bondad como en la maldad.&raquo;<br />]]></description>            <pubDate>Sat, 09 May 2009 20:39:41 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Discurso de Juan Marsé en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/05/00034-discurso-de-juan-marse-en-la-ceremonia-de-entrega-del-premio-cervantes.html</link>            <description><![CDATA[<div style="text-align: justify;">Majestades, Se&ntilde;or Presidente del Gobierno, Se&ntilde;ora Ministra de Cultura, Se&ntilde;or Rector de la Universidad de Alcal&aacute; de Henares, autoridades estatales, auton&oacute;micas, locales y acad&eacute;micas, amigas y amigos, se&ntilde;oras y se&ntilde;ores.<br /><br />Quisiera ante todo expresar mi agradecimiento a los miembros del jurado y a todas aquellas instituciones y personas que hacen posible, a&ntilde;o tras a&ntilde;o, el Premio de Literatura en lengua castellana Miguel de Cervantes. Me preceden, en lo m&aacute;s cercano de una larga lista de nombres ilustres, dos grandes poetas que admiro, Antonio Gamoneda y Juan Gelman, celebrados aqu&iacute; en 2006 y 2007, y siento como si la poes&iacute;a me tendiera la mano. As&iacute; que no pod&iacute;a esperar mejores valedores ni mejor acogida.<br /><br />Porque la verdad es que yo nunca me vi donde ustedes me ven ahora. Los que me conocen saben que me da bastante apuro hablar en p&uacute;blico. Cr&eacute;anme si les digo que el otro d&iacute;a, en Barcelona, antes de emprender viaje, tentado estuve de entrar en casa de don Antonio Moreno, que guarda la cabeza encantada y parlante desde los tiempos en que don Quijote y Sancho visitaron la ciudad, y traerme esa testa para que hablara hoy en mi lugar. A buen seguro que habr&iacute;a dicho palabras m&aacute;s sabias y de m&aacute;s provecho que las m&iacute;as.<br /><br />Sin embargo, la ilusi&oacute;n de recibir el premio que tan generosamente se me otorga se ha impuesto, venciendo las aprensiones. S&eacute; lo que representa tan alta distinci&oacute;n y a lo que ella me obliga en el futuro. Aqu&iacute;, ahora, se me ofrece tambi&eacute;n la oportunidad de exponer algunas consideraciones sobre mi persona y mi trabajo, pero antes quisiera, con su permiso, ampliar el cap&iacute;tulo de agradecimientos, evocando el recuerdo de algunos amigos que hace mucho tiempo, cincuenta a&ntilde;os atr&aacute;s, cuando empec&eacute; a publicar, me otorgaron su confianza y su apoyo. Algunas de estas personas est&aacute;n entre nosotros, otras se fueron ya. A todas ellas debo buena parte del alto honor que hoy se me concede. Son, en primer lugar, Paulina Crusat, desde su amada Sevilla y su generosa tutela, y desde Barcelona Carlos Barral y V&iacute;ctor Seix, que en mil novecientos cincuenta y nueve me acogieron en su editorial, al frente de un irrepetible comit&eacute; de lectura. Aquel comit&eacute; estaba compuesto por Joan Petit, Jaime Gil de Biedma, Jaime Salinas, Gabriel y Juan Ferrater, Luis y Jos&eacute; Agust&iacute;n Goytisolo, Jos&eacute; M" Valverde, Josep M&ordf;. Castellet, Miquel Barcel&oacute;, Rosa Regas y Salvador Clotas. Y no quiero olvidarme de los escritores amigos de Madrid, que por aquellos a&ntilde;os nos visitaban a menudo, mis entra&ntilde;ables Juan Garc&iacute;a Hortelano, &Aacute;ngel Gonz&aacute;lez y Pepe Caballero Bonald, y Gabriel Celaya y Juan Benet. Y de manera muy especial deseo mencionar a Carmen Balcells, mi agente literaria de toda la vida, de &eacute;sta y la de m&aacute;s all&aacute;, sobre todo desde el d&iacute;a que tom&eacute; prestada una ocurrencia de Groucho Marx y le dije: Querida Carmen, me has dado tantas alegr&iacute;as, que tengo ordenado, para cuando me muera, que me incineren y te entreguen el diez por ciento de mis cenizas.<br /><br />Antes de conocer a estas personas, que habr&iacute;an de ser tan importantes en mi vida, yo no hab&iacute;a tratado a nadie que tuviera que ver con la literatura, o con el mundillo literario. Pr&aacute;cticamente no hab&iacute;a salido del taller de joyer&iacute;a de mi barrio, en el que entr&eacute; como aprendiz a los 13 a&ntilde;os, y me apresuro a decir que muy contento, pues la necesidad de llevar otro jornal a casa me liber&oacute; de un fastidioso colegio en el que no me ense&ntilde;aron nada, salvo cantar el Cara al Sol y rezar el rosario todos los d&iacute;as. Y cuando publico los primeros relatos en la revista &Iacute;nsula y la primera novela en Seix Barral, sigo en ese taller. Por cierto que mis credenciales sociales y laborales, al darme a conocer en aquel estupendo grupo editorial, suscitaron ciertas expectativas, no estrictamente literarias, sino m&aacute;s bien ideol&oacute;gicas, asociadas a las premisas de un realismo social muy en auge por aquellos a&ntilde;os. Fue algo presentido: nadie habl&oacute; nunca de ello, pero flotaba en el aire la idea, la posibilidad de que el reci&eacute;n llegado a la trinchera noble de las letras aportara una narrativa de denuncia, un testimonio objetivo y de primera mano de los afanes y las virtudes intr&iacute;nsecas de la clase obrera. Yo pod&iacute;a quiz&aacute;s haber sido, lo digo sin un &aacute;pice de sarcasmo, el "escritor obrero" que al parecer faltaba en el prestigioso cat&aacute;logo de la editorial. Halagadora posibilidad que a su debido tiempo, la f&aacute;bula de un joven charnego del Monte Carmelo, desarraigado y sin trabajo, so&ntilde;ador y sin medios de fortuna, pero tambi&eacute;n sin conciencia de clase, se encargar&iacute;a de desbaratar.<br /><br />Confieso que no me habr&iacute;a disgustado satisfacer aquellas expectativas, entregar la gran novela sobre la clase obrera de la Barcelona de la postguerra. Pero lo que yo entonces deseaba de verdad, era abandonar el trabajo manual y disponer de m&aacute;s tiempo libre para leer y escribir.<br /><br />Aquellos a&ntilde;os de paciente trabajo artesanal en el taller podr&iacute;an haberme dejado unos h&aacute;bitos que, me gusta pensarlo, persisten al componer un texto. Pero la cocina del escritor nunca me ha parecido un sitio muy c&oacute;modo para recibir visitas. No me siento a gusto manejando teor&iacute;as acerca de la naturaleza o la finalidad de la ficci&oacute;n. <strong>Para la famosa pregunta: &iquest;qu&eacute; entendemos hoy por novela?, dispongo de mil famosas respuestas, que nunca, a la hora de ponerme a trabajar, me han servido de gran cosa. No me considero un intelectual, solamente un narrador. Los planteamientos peliagudos, la teor&iacute;a asomando su hocico impertinente en medio de la fabulaci&oacute;n, el relato mir&aacute;ndose el ombligo, la llamada metaliteratura, en fin, son v&iacute;as abiertas a un tipo de especulaci&oacute;n que me deja fr&iacute;o y me inhibe; bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos cre&iacute;bles, cercanos y veraces</strong>.<br /><br />Con respecto al trabajo mantengo algunos principios, pocos, que bien podr&iacute;an resumirse en dos: p<strong>rocura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmer&aacute;ndote en el lenguaje; porque ser&aacute; el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo</strong>. Ciertamente es un utillaje del que no puede uno presumir. Porque el oficio comporta, por supuesto, otras obligaciones y menesteres. Alguna vez he reflexionado sobre el asunto, pero no he llegado muy lejos; sobre la persistencia de la vocaci&oacute;n, por ejemplo, en tiempos de silencio, o sobre el imperioso dictado de la memoria y sus laberintos.<br /><br />Veamos si consigo explicarme.<br /><br /><strong>En el origen de la vocaci&oacute;n, all&aacute; por los a&ntilde;os cuarenta del siglo pasado, habr&iacute;a en la imaginaci&oacute;n del aprendiz de escritor un famoso esqueleto de leopardo sobre las nieves del Kilimanjaro, una imagen germinal que evoca una senda recorrida, de la cual, sin embargo, no queda ning&uacute;n rastro, ninguna huella. Ser&iacute;a algo parecido al recorrido del Minotauro en su laberinto. Nadie sabe si el monstruo podr&aacute; salir, si recuerda el trazado de su propia obra, los oscuros motivos que le indujeron a su construcci&oacute;n, y los meandros y detalles de su intr&iacute;ngulis. Nadie sabe si, en realidad, es prisionero de su obra. Sabemos, eso s&iacute;, que Teseo ha sido lo bastante ingenioso para tender un hilo que le permite rehacer el camino y salir. Pues bien, ese hilo, ese ingenioso ardid, no ser&iacute;a otra cosa que el relato literario, la forma inteligible que desvela la personal arquitectura monstruosa, al fondo de la cual se esconde el terrible constructor, con sus sue&ntilde;os y obsesiones, su verdad y sus quimeras. El escritor, en fin. &Eacute;l es, a la vez, los despojos del remoto leopardo y el urdidor del trazado inextricable que lo encierra herm&eacute;ticamente en su propia obra. Frente a este misterio, o tal vez ser&iacute;a mejor decir frente a este galimat&iacute;as, a tenor de la confusa exposici&oacute;n que temo haber hecho, siempre me reconfort&oacute; recordar algo que dej&oacute; dicho el gran poeta, y controvertido ciudadano, Ezra Pound: <em>El esmero en el trabajo, el cuidado de la lengua, es la &uacute;nica convicci&oacute;n moral del escritor</em></strong>.<br /><br />Lo suscribo, pero con la mayor cautela. Porque pienso que muchas cosas que se dicen o escriben, en el idioma que sea y por muy aut&eacute;ntico que &eacute;ste se presuma, deber&iacute;an a menudo merecer m&aacute;s atenci&oacute;n y consideraci&oacute;n que la misma lengua en la que se expresan. Actualmente los medios de comunicaci&oacute;n son tan abrumadores y omnipresentes, se siente uno tan asediado las 24 horas del d&iacute;a por una informaci&oacute;n tan apremiante, insidiosa y reiterativa, que casi no hay tiempo para la reflexi&oacute;n. La televisi&oacute;n deber&iacute;a contribuir a reconocer y asumir la variedad ling&uuml;&iacute;stica del pa&iacute;s, y es de suponer que en cierta medida lo hace, pero no parece que nadie se pare a pensar en los contenidos de esa televisi&oacute;n ni en su nefasta influencia cultural y educativa. A riesgo de equivocarme, soy del parecer que m&aacute;s de la mitad de lo que hoy entendemos por cultura popular proviene y se nutre de lo que no merece ser visto ni o&iacute;do en la televisi&oacute;n. En la lengua que sea.<br /><br />Como saben ustedes, soy un catal&aacute;n que escribe en lengua castellana. Yo nunca vi en ello nada anormal. Y aunque creo que la inmensa mayor&iacute;a comparte mi opini&oacute;n, hay sin embargo qui&eacute;n piensa que se trata de una anomal&iacute;a, un desacuerdo entre lo que soy y represento, y lo que deber&iacute;a haber sido y haber quiz&aacute; representado. Dicho sea de paso, desacuerdos entre lo que soy y lo que podr&iacute;a haber sido en esta vida, como escritor y como simple individuo, tengo para dar y tomar, o, como decimos en Catalu&ntilde;a, per donar i per vendre. Mis apellidos, de no mediar el azar, pod&iacute;an haber sido diferentes, y mi vida tambi&eacute;n. Y puestos a elegir, la verdad es que yo hubiese preferido ser Ram&oacute;n Llul o Miguel de Cervantes, por ejemplo, o Joseph Conrad, aquel marino polaco que, finalmente, escribi&oacute; en ingl&eacute;s. En todo caso, con el nombre que tengo, con &eacute;ste o con cualquier otro, nunca he querido representar a nadie m&aacute;s que a m&iacute; mismo.<br /><br />A&ntilde;adir&eacute; dos o tres cosas acerca de mi formaci&oacute;n como ciudadano y como escritor. La dualidad cultural y ling&uuml;&iacute;stica de Catalu&ntilde;a, que tanto preocupa, y que en mi opini&oacute;n nos enriquece a todos, yo la he vivido desde que tengo uso de raz&oacute;n, en la calle y en mi propia casa, con la familia y con los amigos, y la sigo viviendo. Puede que comporte efectivamente un equ&iacute;voco, un cierto desgarro cultural, pero es una terca y persistente realidad. Y el realismo, adem&aacute;s de una sensata manera de ver las cosas, es una corriente literaria muy nuestra, y que a&uacute;n goza de un s&oacute;lido prestigio, pese a los embates de la caprichosa modister&iacute;a. En fin, no quiero instalarme en la identidad cultural para dar lecciones a nadie, y tampoco pretendo hacer aqu&iacute; una defensa excesiva del realismo. Pero, como dijo Woody Allen en una de sus buenas pel&iacute;culas, el realismo es el &uacute;nico lugar donde puedes adquirir un buen bistec. Quiz&aacute; no estar&iacute;a de m&aacute;s tenerlo en cuenta.<br /><br />No voy a enumerar las anomal&iacute;as que por imperativo hist&oacute;rico sufri&oacute; el aprendiz de escritor. Y la m&aacute;s determinante no fue aquella escuela inoperante y beatorra de la dictadura, la del lema Por el imperio hacia Dios, escuela donde ciertamente se prohibi&oacute; leer y escribir catal&aacute;n, y hasta hablarlo en horas de clase. No, no fue s&oacute;lo por eso que un buen d&iacute;a me encontr&eacute; manejando una lengua, y no la otra; fueron los tebeos y los cuentos que le&iacute;amos, las aventis que nos cont&aacute;bamos y las pel&iacute;culas, las de amor y las de risa, y todo aquello que iba conformando nuestra educaci&oacute;n sentimental, las poes&iacute;as y el teatro de aficionados, las canciones de amor y las primeras novelas, ya no solo las de aventuras, de Julio Verne o Emilio Salgari, sino las de Baroja, Dickens, Balzac, o los cuentos de Maupassant y de Hemingway, o los versos de Gustavo Adolfo B&eacute;cquer y de Rub&eacute;n Dario. <strong>Fue el vuelo solitario de la imaginaci&oacute;n en los primeros tanteos de la escritura, cuando todav&iacute;a el aprendiz de escritor no se propone reflejar la vida, porque la realidad no le interesa ni la entiende, y lo que hace es imitar y copiar a los autores que lee, es entonces cuando, de manera natural y espont&aacute;nea, la lengua que se impone es la predominante, la de los sue&ntilde;os y las aventis, la lengua en la que uno ha mamado los mitos literarios y cinematogr&aacute;ficos, la que ha dado alas a la imaginaci&oacute;n</strong>.<br /><br />Despu&eacute;s, en plena adolescencia, don Quijote irrumpe en mi vida por mediaci&oacute;n de un convecino, un gallego, vendedor ambulante de libros y enciclopedias, empe&ntilde;ado en colocarme un lote de novelas de Vicki Baum y Louis Bromfield, a pagar en c&oacute;modos plazos. Debo hacer constar que en casa de mis padres, en la postguerra, apenas hab&iacute;a una docena de libros. Antes hubo muchos en lengua catalana, seg&uacute;n mi madre, pero, despu&eacute;s de una purga preventiva por razones de seguridad, s&oacute;lo quedaron dos. La purga la efectu&oacute; mi padre, que hab&iacute;a estado preso por rojo separatista y republicano. Uno de aquellos dos libros era de Apel-les Mestres, con hermosas ilustraciones de hadas y ondinas; el otro era un viejo volumen que recog&iacute;a la historia del pueblo de mi madre, titulado: Notes Hist&ograve;riques de la Parroquia i Vila de l''Arbo&ccedil;, aplegades i comentades per Moss&egrave;n Gaiet&agrave; Viaplana, rector de l'Arbo&ccedil;. Pas&eacute; con &eacute;l muchas horas entretenido. Los dem&aacute;s libros hab&iacute;an sido sacrificados en una hoguera nocturna, en el jard&iacute;n de una convecina, junto con un mont&oacute;n de revistas gr&aacute;ficas, agendas y carnets, fotograf&iacute;as, cartas y documentos diversos, cuya posesi&oacute;n, por aquellos d&iacute;as, deb&iacute;a resultar comprometedora. Acudieron otros vecinos, todos tra&iacute;an algo que pensaban deb&iacute;a ser quemado.<br /><br />Era poco despu&eacute;s de acabada la guerra, yo deb&iacute;a de tener siete a&ntilde;os, pero recuerdo muy bien la fogata en medio del peque&ntilde;o y sombr&iacute;o jard&iacute;n, los libros abri&eacute;ndose al calor como flores rojas, las p&aacute;ginas desprendidas arrug&aacute;ndose y bailando sobre la cresta de las llamas, revoloteando un instante como grandes mariposas negras. Recuerdo la constelaci&oacute;n de chispas y pavesas subiendo hacia la noche estrellada, la ceniza fugaz de las palabras y de las ilustraciones, sobre todo porque acab&eacute; pillando un gran berrinche al ver all&iacute; de pronto, devorado por el fuego, mi primer ejemplar de las haza&ntilde;as del piloto Bill Barnes, el Aventurero del Aire, una novelita de quiosco de 60 c&eacute;ntimos, de la colecci&oacute;n Hombres Audaces. Mi padre la hab&iacute;a cogido por descuido junto con otros libros. Entre los que quedaron en la peque&ntilde;a librer&iacute;a casera, salvados porque eran en lengua castellana, y que pude leer a su debido tiempo, recuerdo cuatro o cinco t&iacute;tulos: El libro de la selva, Genoveva de Brabante, Tarz&aacute;n de los monos, Humillados y ofendidos y La historia de San Michele.<br /><br />Cuando el Quijote entra en mi vida cumplo los 16, vivo en la barriada de la Salut, situada en lo alto de Gracia, cerca del parque G&uuml;ell, y sigo en el taller. A&ntilde;os atr&aacute;s hab&iacute;a iniciado una intensa relaci&oacute;n con la literatura de quiosco, y enseguida la ampli&eacute; con autores que por aquel entonces, en los a&ntilde;os cuarenta, gozaban de gran predicamento, como Somerset Maugham, Stefan Zweig, Knut Hamsun y otros. Y no tard&eacute; en descubrir a mis admirados Baroja y Gald&oacute;s, a Dickens y a los grandes novelistas del XIX, que nunca me he cansado de leer.<br /><br />Pero la primera lectura completa del Quijote fue, por supuesto, una experiencia especial. Si recuerdo bien, al tercer intento lo le&iacute; de cabo a rabo. Tardes enteras de domingo sentado en los bancos ondulados del parque G&uuml;ell, en el oto&ntilde;o del 49, bajo un sol rojizo y en medio de un griter&iacute;o de ni&ntilde;os jugando en la plaza entre nubes de polvo. Una lectura germinal. Y siempre que he revisitado el libro, esa impresi&oacute;n germinal ha persistido. <strong>En el coraz&oacute;n del caballero chiflado que no distingue entre apariencia y realidad, anida, como es bien sabido, el germen y el fundamento de la ficci&oacute;n moderna en todas sus variantes</strong>. Por supuesto, el lector adolescente no se par&oacute; a pensar en eso. Ninguna teor&iacute;a le distrajo entonces de unas aventuras tan descomunales y descacharrantes, sujetas a tantos desencantos y amarguras, pero hoy le gusta pensar que algo percibi&oacute; de aquel prodigio fundacional, del remoto primer deslumbramiento que supuso aquella lectura. Me refiero, y no pretendo descubrir nada nuevo, al asunto que articula la entera composici&oacute;n del genial libro, la tem&aacute;tica medular de la que nacer&aacute;, seg&uacute;n opini&oacute;n general, la novela moderna. Lionef Trilling dijo que toda obra de ficci&oacute;n en prosa, es inevitablemente una variaci&oacute;n del tema de Don Quijote. Por mi parte s&oacute;lo puedo decir que, desde no s&eacute; cu&aacute;nto tiempo, quiz&aacute; desde aquellas tardes soleadas en el parque de Gaud&iacute;, de un modo u otro, consciente o no de ello, he buscado en toda obra narrativa de ficci&oacute;n un eco, o un aroma, de ese eterno conflicto entre apariencia y realidad, que de tantas maneras se manifiesta en el transcurso de nuestras vidas.<br /><br />Porque <strong>yo soy ante todo un lector de ficciones, un amante incondicional de la fabulaci&oacute;n. Tan adicto soy a la ficci&oacute;n, que a veces pienso que solamente la parte inventada, la dimensi&oacute;n de lo irreal o imaginado en nuestra obra, ser&aacute; capaz de mantener su estructura, de preservar alguna belleza a trav&eacute;s del tiempo</strong>.<br /><br /><strong>Una excesiva dosis de realidad puede resultar indigesta, incluso para un adicto a la realidad y al bistec como Sancho y como yo. Se tratar&iacute;a de ser algo m&aacute;s lanzados en esta cuesti&oacute;n, un poco locos, y admitir la posibilidad de que lo inventado puede tener m&aacute;s peso y solvencia que lo real, m&aacute;s vida propia y m&aacute;s sentido, y en consecuencia, m&aacute;s posibilidades de pervivencia frente al olvido</strong>. Como nos ense&ntilde;&oacute; don Quijote. Desde su primera salida al campo de Montiel, o desde la primera de sus famosas haza&ntilde;as, &eacute;l es el guardi&aacute;n del laberinto, el valedor de lo m&aacute;s noble, bello y justo que alienta en el coraz&oacute;n humano, el que vela por el esp&iacute;ritu, la vigencia y el esplendor de los sue&ntilde;os.<br /><br />Debo referirme tambi&eacute;n, como complemento importante a una formaci&oacute;n muy precaria, al cine y a sus queridos fantasmas. Porque cuando a&uacute;n le&iacute;a tebeos y novelas de Edgar Wallace y Karl May, el chico ya era muy peliculero, insoportablemente peliculero. Lo propici&oacute; el hecho de que, durante cuatro a&ntilde;os, entrara sin pagar en los cines de programa doble del barrio, y entonces hab&iacute;a no pocos, gracias a que mi padre, por su trabajo en el Servicio Municipal de Higiene, Desinfecci&oacute;n y Desratizaci&oacute;n de locales p&uacute;blicos, conoc&iacute;a a muchos porteros y acomodadores. Estoy por decir que gracias a las ratas de la Barcelona gris, penitente y m&iacute;sera de los a&ntilde;os cuarenta, el cine propici&oacute; y redobl&oacute; mi natural tendencia a la hipnosis ante cualquier g&eacute;nero de fabulaci&oacute;n. La facultad de embaucar, de fraguar ilusiones mediante im&aacute;genes, arraig&oacute; con el gusto por la lectura desde el primer momento, y, con el tiempo, pude celebrar las pel&iacute;culas de John Ford, de Rossellini o de Mizoguchi, por ejemplo, con la misma o parecida intensidad que muchas novelas. Sabemos que algunas estrategias narrativas de la novel&iacute;stica contempor&aacute;nea tienen su origen en el arte cinematogr&aacute;fico. Los Chaplin, Renoir, Lubitsch, Walsh, Lang, De Sica, Bu&ntilde;uel, Erice, Truffaut, Welles, Bardem, Berlanga y Azcona, Keaton o Hitchcock, por citar unos cuantos, nos hablaron de otra armon&iacute;a posible entre los sue&ntilde;os y el mundo. Y en mi lista de personajes de ficci&oacute;n favoritos, Harry Lime y Viridiana son tan memorables como Julien Sorel o Ana Ozores. Cuando uno era todav&iacute;a un mozalbete presumido, ir al cine era algo que formaba parte de la cultura popular, un rito semanal en el que participaba toda la familia, toda la comunidad. Descodificar el drama, la comedia o la aventura en las fotograf&iacute;as expuestas en el panel de la entrada de los cines, descifrar una sonrisa, un gesto, una mirada de los protagonistas, apartar luego las cortinas y penetrar en la oscuridad rasgada por una plata luminosa, era tan emocionante como adentrarse en la trama de una buena novela o memorizar un poema. A lo largo de m&aacute;s de tres d&eacute;cadas, desde los a&ntilde;os veinte del mudo hasta mediados los sesenta, antes del auge y el abuso de la tecnolog&iacute;a, el cine estableci&oacute; con la novel&iacute;stica una alianza para intercambiar formas y contenidos, palabras sabias, mitos, una sensibilidad y una est&eacute;tica del gesto, y hasta unos h&aacute;bitos de comportamiento. La novela asumi&oacute; la impronta decididamente visual de la narrativa cinematogr&aacute;fica, el potencial simb&oacute;lico de las im&aacute;genes y su cadencia, y el deseo de hacerle ver al lector lo que lee, que yo comparto, propici&oacute; en la ficci&oacute;n literaria nuevas formas y tendencias.<br /><br />Tambi&eacute;n la memoria hist&oacute;rica y sus vericuetos y espejismos, un asunto tan de actualidad, podr&iacute;a ser comparada a una cinta de celuloide sensible e inflamable, con su apagada voz en off: Hace casi cuarenta a&ntilde;os, trabajando en una novela donde se abr&iacute;an muchas puertas a la memoria personal y a sus espejos deformantes, tuve que parar porque no daba con el tono en el que deb&iacute;a ser contada la historia. Hab&iacute;a que escoger la voz, o mejor dicho, las diversas voces que tramaban la historia. Y no encontr&eacute; la soluci&oacute;n hasta que record&eacute; el juego de las aventis infantiles, y, sobre todo,<br /><br />hasta que vinieron en mi ayuda estos versos de Antonio Machado:<br /><br />En los labios ni&ntilde;os<br /><br />las canciones llevan<br /><br />confusa la historia<br /><br />y clara la pena.<br /><br />Sabemos que el olvido y la desmemoria forman parte de la estrategia del vivir, tanto en la sociedad civil como en los estamentos del poder, sabemos que hablar de ello en nuestros d&iacute;as conlleva para muchos, todav&iacute;a, una carga de dolor y resentimiento, suspicacias y malentendidos. "La memoria nos construye como seres morales", escribe Jos&eacute;-Carlos Mainer, y a&ntilde;ade: "pero tambi&eacute;n sabemos que es un hecho privado y mudable, fantasioso y mendaz". Hay una memoria compartida, que no deber&iacute;a arrogarse nadie, una memoria que fue durante a&ntilde;os sojuzgada, esquilmada y manipulada. El lenguaje oficial hab&iacute;a suplantado al lenguaje real. En la calle y en los papeles las palabras viv&iacute;an bajo sospecha, muchas cosas parec&iacute;an no tener nombre, porque nadie jam&aacute;s se atrev&iacute;a a nombrarlas, otras se hab&iacute;an vuelto decididamente equ&iacute;vocas y apenas pod&iacute;a uno reconocerlas. Las palabras acud&iacute;an medrosas, emboscadas, traicionando el sentido al que se deb&iacute;an. Afectadas por el expolio y el descr&eacute;dito, sometidas a la censura y al escarmiento, o destinadas a la impostura, de pronto perd&iacute;an su referente, enmascaraban su verdadero sentido y cambiaban de significado. Entre las pomposas palabras que entonces nos ca&iacute;an desde los balcones y despachos oficiales, desde el cuartel y desde el p&uacute;lpito, entre esas palabras fraudulentas y las palabras que la gente intercambiaba en la calle, en el trabajo y en casa &mdash;palabras de familia gastadas tibiamente, seg&uacute;n testimonio del poeta&mdash;, hab&iacute;a un abismo.<br /><br />Este desacuerdo entre apariencia y realidad, entre lo que oficialmente se dec&iacute;a que &eacute;ramos (adictos, felices, reconciliados, bien pagados, p&iacute;os feligreses todos) y tal c&oacute;mo nosotros nos ve&iacute;amos en realidad, no tiene por supuesto nada que ver con el glorioso equ&iacute;voco que propici&oacute; la locura y forj&oacute; la leyenda de don Quijote. Pero son muchas, y todas vigentes, las lecciones que ofrece la obra de Cervantes. <strong>Y as&iacute;, el aprendiz de escritor tomar&iacute;a buena nota de la primera y m&aacute;s sencilla de todas ellas, esa que dice: Las cosas no siempre son lo que parecen</strong>. No lo eran entonces para el valeroso caballero, en aquel siglo tan pr&oacute;digo en espejismos, y por supuesto tampoco lo son hoy. Sin ir m&aacute;s lejos, las famosas armas de destrucci&oacute;n masiva, por ejemplo, que no hace mucho tiempo algunos casi juraban haber visto, al final resultaron ser un par de zapatos.<br /><br />Pero yo me estaba refiriendo a nuestros a&ntilde;os de incienso y plomo bajo el palio de la luz crepuscular, aquel tiempo en el que no solamente la prensa y la radio, el Bolet&iacute;n Oficial del Estado y la Hoja Dominical ment&iacute;an sobre lo que nos estaba ocurriendo, sino que hasta los espejos ment&iacute;an. <strong>Y fue entonces, todav&iacute;a en a&ntilde;os de aprendizaje de qui&eacute;n les habla, cuando la imaginaci&oacute;n ech&oacute; una mirada sobre aquel expolio de la memoria, y le tendi&oacute; la mano. Era una labor complementaria, en todo caso, porque imaginaci&oacute;n y memoria, para el escritor, son dos palabras que van siempre entrelazadas, y a menudo resulta dif&iacute;cil separarlas. Ciertamente un escritor no es nada sin imaginaci&oacute;n, pero tampoco sin memoria, sea &eacute;sta personal o colectiva, est&eacute; proyectada en la novela hist&oacute;rica de fecha m&aacute;s remota, o en la literatura de ficci&oacute;n cient&iacute;fica m&aacute;s futurista y fant&aacute;stica. No hay literatura sin memoria. Incluso la memoria trapacera puede hacer buena literatura. La tan reiterada advocaci&oacute;n "hay que olvidar el pasado", l&oacute;gicamente no se aviene con la naturaleza y la funci&oacute;n de la escritura. Hay que acotar nuevas parcelas de la memoria, hacer m&aacute;s denso el laberinto, cuidando, pues, de dejar una traza de hilo, como hizo Teseo aquella vez, para poder volver al exterior, y contarlo. Sobre todo, en lo que a m&iacute; respecta por lo menos, persistir en la b&uacute;squeda de algo, que nunca he sabido definir, pero que tiene que ver, por encima de cualquier otra finalidad, con alguna forma de belleza</strong>.<br /></div><br />Fuente:<br /><a href="http://es.noticias.yahoo.com/9/20090423/ten-texto-integro-del-discurso-de-juan-m-bbad18b.html">http://es.noticias.yahoo.com/9/20090423/ten-texto-integro-del-discurso-de-juan-m-bbad18b.html</a><br /><br /><br />]]></description>            <pubDate>Thu, 07 May 2009 12:45:19 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Alice B. Sheldon - Julie Phillips</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/04/00033-alice-b-sheldon-julie-phillips.html</link>            <description><![CDATA[<img border="0" height="320" src="http://fotos.miarroba.com/fotos/8/4/84f210f8.jpg" style="border: 0; float: left; margin-left: 5px; margin-right: 5px;" width="211" />Finales de la d&eacute;cada de 1960. La literatura de ciencia-ficci&oacute;n vive un gran auge en los Estados Unidos, difundida sobre todo en revistas especializadas, y en una de ellas aparece un nombre nuevo y original: James Tiptree, Jr. Sus relatos combinan s&oacute;lidos conocimientos t&eacute;cnicos con un enorme talento para introducir en la trama temas eternos. Tiptree no tard&oacute; en conocer el &eacute;xito, al tiempo que se labra un amplio c&iacute;rculo de amistades entre sus colegas, que admiran su cultura, su viril franqueza y su c&aacute;ustico sentido del humor. Sin embargo, siempre elude la ocasi&oacute;n de un encuentro en persona, lo que desata un mar de especulaciones. Al fin, en 1979 el misterio se resuelve de forma sorprendente: James Tiptree, Jr. es, en realidad, una mujer. Julie Phillips profundiza en la vida de Alice Bradley Sheldon (1915-1987) para revelar mucho m&aacute;s que la an&eacute;cdota de un pseud&oacute;nimo literario. Alice Sheldon fue una personalidad parad&oacute;jica: atractiva, inteligente y cr&iacute;tica, sufri&oacute; la tortura que han experimentado tambi&eacute;n otras mujeres: el anhelo de ser ella misma y el af&aacute;n imposible de ir m&aacute;s all&aacute; de las pautas de su tiempo, ya sean sociales, culturales o sexuales.]]></description>            <pubDate>Wed, 15 Apr 2009 13:38:22 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Leni Riefenstahl - Steven Bach</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/04/00032-leni-riefenstahl-steven-bach.html</link>            <description><![CDATA[<img border="0" height="320" src="http://fotos.miarroba.com/fotos/c/a/cafff759.jpg" style="border: 0; float: left; margin-left: 5px; margin-right: 5px;" width="211" />En el &uacute;ltimo cuarto del siglo XX la <em>nouvelle vague</em> impuso el auge del llamado cine de autor y el rescate de algunos directores ya casi olvidados. Entre ellos destac&oacute; Leni Riefenstahl (1902-2003), que en tiempos hab&iacute;a sido la mujer m&aacute;s celebrada de Alemania y la cineasta m&aacute;s famosa del mundo. Independiente, en&eacute;rgica, mani&aacute;tica del trabajo, eg&oacute;latra y defensora a ultranza de la supremac&iacute;a del Arte, su obra -relativamente breve- est&aacute; asociada a una &eacute;poca de horror. el imperio nazi, y a una figura que fue a la vez protector e &iacute;dolo: Adolf Hitler. El destino del <em>Reich</em> marc&oacute; a Riefenstahl de forma decisiva, y ella, a su vez, fue la encargada de troquelar la imagen del r&eacute;gimen en pel&iacute;culas de enorme fuerza visual, donde la belleza f&iacute;sica enmascaraba manejos mucho m&aacute;s oscuros. A la luz de una rigurosa documentaci&oacute;n, Steven Bach desvela el aut&eacute;ntico trasfondo de la actriz y directora. Una biograf&iacute;a apasionante de quien, ya en su vejez, afirm&oacute;: &laquo;Nunca he hecho algo que no quisiera hacer, ni nada de lo que me haya avergonzado jam&aacute;s.&raquo;]]></description>            <pubDate>Wed, 15 Apr 2009 13:25:53 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Tiempo de la vida y tiempo del mundo - Hans Blumenberg</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/04/00031-tiempo-de-la-vida-y-tiempo-del-mundo-hans-blumenberg.html</link>            <description><![CDATA[<img border="0" height="320" src="http://fotos.miarroba.com/fotos/1/2/12779d1f.jpg" style="border: 0; margin-left: 5px; margin-right: 5px; float: left;" width="211" />EL presente libro desarrolla un an&aacute;lisis en torno a los factores que agudizan el conflicto derivado de la apertura de las tijeras del tiempo. La experiencia del mundo en el decurso de una vida se va empeque&ntilde;eciendo a pesar de los mecanismos disponibles para ganar tiempo, para subsanar d&eacute;ficits vivenciales que afectan a todo individuo aunque no sea m&aacute;s que en forma de crisis generadas por la conciencia de que una sola vida, la &uacute;nica que se tiene, no es suficiente para lograr una vivencia comprehensiva de lo que llamamos mundo.]]></description>            <pubDate>Wed, 15 Apr 2009 13:13:59 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>El principio y el final - Sylvia Brownrigg</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/04/00030-el-principio-y-el-final-sylvia-brownrigg.html</link>            <description><![CDATA[<img border="0" height="320" src="http://fotos.miarroba.com/fotos/d/3/d3d5ee47.jpg" style="border: 0; margin-left: 5px; margin-right: 5px; float: left;" width="211" />Primavera de 1998. En un rinc&oacute;n de los Balcanes la guerra amenaza con desplegar de nuevo las alas, pero su sombra no parece llegar hasta el resto de Europa. En Londres vive Mira, una psicoterapeuta de mediana edad, fuerte, sabia y algo misteriosa por su origen extranjero. Varios pacientes acuden a su consulta, que Peter, su marido llama "la sala de partos&raquo;: tres mujeres que se encuentran en distintos conflictos con la maternidad y un hombre que todav&iacute;a no ha asimilado su divorcio. Mira y Peter no tienen hijos en com&Uacute;n, aunque &eacute;l es padre de Graham, fruto de una relaci&oacute;n anterior. En el espacio de un a&ntilde;o muchas cosas cambian para estos personajes, que recibir&aacute;n la visita del dolor, la enfermedad, la muerte y, tambi&eacute;n, el nacimiento de otras vidas. Como tel&oacute;n de fondo, un cruel enfrentamiento b&eacute;lico que casi todo Occidente prefiri&oacute; juzgar en blanco y negro. El principio y el final es una novela intimista, L&uacute;cida, que afronta los grandes temas eternos con exquisita sensibilidad pero sin ocultar el filo m&aacute;s agudo de la existencia.]]></description>            <pubDate>Tue, 14 Apr 2009 22:55:36 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Un maravilloso presente - Pattie Boyd - Penny Junor</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/04/00029-un-maravilloso-presente-pattie-boyd-penny-junor.html</link>            <description><![CDATA[<img border="0" height="320" src="http://fotos.miarroba.com/fotos/f/8/f8207dd5.jpg" style="border: 0; float: left; margin-left: 5px; margin-right: 5px;" width="211" />Pocas j&oacute;venes de los dorados e iconoclastas a&ntilde;os sesenta fueron tan famosas -y tan envidiadas- corno Pattie Boyd. Modelo publicitaria y uno de los rostros m&aacute;s conocidos del swinging London, salt&oacute; a los medios de comunicaci&oacute;n gracias a su noviazgo y posterior matrimonio con el beatle George Harrison. Con &eacute;l vivi&oacute; la &laquo;beatleman&iacute;a&raquo; desde dentro: una burbuja fant&aacute;stica cuyos protagonistas acabaron rompiendo para poder sobrevivir corno individuos. M&aacute;s tarde, en plena crisis sentimental, Pattie se convirti&oacute; en el centro de un sonado esc&aacute;ndalo al abandonar a Harrison por otro mito de la m&uacute;sica pop, adem&aacute;s de amigo de la pareja: el tambi&eacute;n guitarrista Eric Clapton. Pero la que fuera musa de estos &iacute;dolos, amiga de los personajes m&aacute;s atractivos del momento e inspiradora de dos canciones que han dado la vuelta al mundo corno himnos de una generaci&oacute;n, Something y Layla, no siempre llev&oacute; una vida de glamour. Lejos de la nostalgia, Pattie Boyd desgrana sus recuerdos en un relato trazado con las luces y sombras de una &eacute;poca inolvidable.]]></description>            <pubDate>Tue, 14 Apr 2009 22:43:48 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Alma Hitchcock - Pat Hitchcock / Laurent Bouzereau</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/04/00028-alma-hitchcock-pat-hitchcock-laurent-bouzereau.html</link>            <description><![CDATA[<img border="0" height="320" src="http://fotos.miarroba.com/fotos/2/f/2f5f17ba.jpg" style="border: 0; float: left; margin-left: 5px; margin-right: 5px;" width="211" />&laquo;Pido permiso para mencionar por su nombre &uacute;nicamente a cuatro personasque me han dado todo su cari&ntilde;o, su reconocimiento, sus &aacute;nimos y suconstante colaboraci&oacute;n.<br />La primera de las cuatro es una montadora cinematogr&aacute;fica, la segundaes una guionista, la tercera es la madre de mi hija Pat, y la cuarta esla cocinera m&aacute;s excelente que haya obrado milagros en una cocinadom&eacute;stica, y el nombre de las cuatro es Alma Reville... Quierocompartir este premio, como he compartido mi vida, con ella.&raquo; Es partedel discurso de agradecimiento de Alfred Hitchcock al recoger el premioa toda una vida concedido por el American Film lnstitute en 1979. Porentonces hac&iacute;a mucho que Alma Reville (1899-1982) hab&iacute;a dejado atr&aacute;ssus a&ntilde;os como pionera del cine mudo para convertirse en la mej orconsej era de su marido y la &uacute;nica persona a quien &eacute;ste somet&iacute;a suspel&iacute;culas hasta el &uacute;ltimo detalle. N o en vano un cr&iacute;tico escribi&oacute;: &laquo;Eltoque Hitchcock ten&iacute;a cuatro manos, y dos eran las de Alma&raquo; Un libroque desvela a la gran figura, y gran desconocida, que vivi&oacute; a la sombradel mago del suspense.]]></description>            <pubDate>Tue, 14 Apr 2009 22:40:25 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Notas sobre una vida - Eleanor Coppola</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2009/04/00027-notas-sobre-una-vida-eleanor-coppola.html</link>            <description><![CDATA[<img height="320" src="http://fotos.miarroba.com/fotos/b/9/b92d9ed6.jpg" style="float: left; margin-left: 5px; margin-right: 5px;" width="211" />Eleanor Neil conoci&oacute; a Francis Ford Coppola durante un rodaje en la d&eacute;cada de 1960, cuando ella era una joven dise&ntilde;adorafree-Iance y &eacute;l, un prometedor director de films independientes. M&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os despu&eacute;s, &eacute;l se ha convertido en un personaje de fama mundial gracias a pel&iacute;culas como Dr&aacute;cula, la saga de El Padrino o Apocalipsis Now. Por su parte, ella ha debido aprender a salvaguardar su propia parcela creativa al tiempo que vive a la sombra de su famoso marido..., y ahora tambi&eacute;n a la de su hija, Sofia. Tras aparcar su trabajo para criar una familia, entre continuos viajes acompa&ntilde;ando a su esposo por todo el mundo, y despu&eacute;s de sufrir la tr&aacute;gica y temprana muerte de su hij o mayor, Ellie Coppola nos ofrece un recuento de su vida. Ir&oacute;nica, tierna y dotada de un esp&iacute;ritu cr&iacute;tico que es su mejor aliado, relata sus encuentros con estrellas cinematogr&aacute;ficas, c&eacute;lebres artistas o figuras de la pol&iacute;tica sin olvidar lo m&aacute;s importante: el contacto con el centro &iacute;ntimo de la naturaleza, de las cosas y de s&iacute; misma.]]></description>            <pubDate>Mon, 13 Apr 2009 20:44:25 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Para qué sirve un taller literario</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/06/00026-para-que-sirve-un-taller-literario.html</link>            <description><![CDATA[<span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;">He pasado varios a&ntilde;os coordinando talleres presenciales y virtuales.<br />El objetivo &mdash;por lo menos el que suelo proponer a los participantes&mdash; es mejorar el modo en que se ordenan las ideas. Cuanto mejor se establecen, mejor se plasman, y viceversa. Escribir &ldquo;bien&rdquo; exige pensar &ldquo;bien&rdquo;.</span><br /><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;">Por supuesto, se trabajan muchos aspectos relacionados con la escritura. Desde una visi&oacute;n global a una particular y detallada. Se muestran y ejemplifican herramientas o recursos para que los autores noveles se familiaricen con el &ldquo;arsenal&rdquo; disponible. Los textos presentados se desmenuzan desde lo general a lo particular, revisando el qu&eacute; y el c&oacute;mo.<br />Se aprende a dejar de lado lo que el escrito <em>quiere decir</em> para centrarse en <em>lo que dice</em>, esquivando &mdash;dentro de lo posible&mdash; las interpretaciones, siempre subjetivas y sujetas a interminables, est&eacute;riles, debates.<br />Desde el respeto, se se&ntilde;alan correcciones y ajustes posibles mediante ejemplos y argumentos que abonen las observaciones.<br />Sin embargo, esta corta &mdash;y necesariamente incompleta&mdash; rese&ntilde;a sobre la actividad dentro de un taller literario, es apenas lo visible.<br />Lo que se busca, lo que deber&iacute;a buscarse, es ayudar a que el participante encuentre su propia voz.<br />En literatura no hay temas nuevos. Hay, s&iacute;, infinitas visiones. Y un taller literario debe contribuir a que cada uno disponga de los elementos necesarios para expresar, con la m&aacute;xima claridad posible, la suya.<br /><br /></span><div style="text-align: right;"><em><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;">&copy; Marcelo Choren, 2008</span></em></div>]]></description>            <pubDate>Sun, 01 Jun 2008 22:38:00 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Dashiell Hammett</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/05/00025-dashiell-hammett.html</link>            <description><![CDATA[<div style="text-align: right;"><div style="text-align: left;"><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;"><strong>Samuel Dashiell Hammett</strong> (Estados Unidos 1894 - 1961) <br />Padre indiscutido de la novela negra. La hipocres&iacute;a, la brutalidad, sumadas auna violencia inusitada para la &eacute;poca, marcaron el derrotero de sus historias,y abrieron el camino al g&eacute;nero.<img height="1" src="tinymce/plugins/finpreview/img/trans.gif" width="1" /><br />Hammett alcanz&oacute;reconocimiento con <em>Cosecha roja</em> (1929) y <em>La maldici&oacute;n de los Dain</em>(1929), pero fue en <em>El halc&oacute;n malt&eacute;s</em> (1930), donde el autor cre&oacute; a SamSpade, su personaje m&aacute;s famoso. Tambi&eacute;n alcanzaron fama otros personajes comoel Agente de la Continental que protagoniza <em>Cosecha Roja</em>, <em>La maldici&oacute;n de los Dain</em>,y varias docenas de relatos cortos; y Nick Charles y su esposa, Nora, en <em>Elhombre delgado</em>.<br /><br />Hammett utiliz&oacute; distintos seud&oacute;nimos: Peter Collinson, Daghull Hammett, SamuelDashiell y Mary Jane Hammett.<br /><br />Dashiell dej&oacute; la escuela a los 13 a&ntilde;os, pas&oacute; por m&uacute;ltiples empleos hasta llegara detective de la famosa Agencia Pinkerton, donde trabajar&iacute;a por ocho a&ntilde;os.All&iacute; conoci&oacute; a James Wright, un duro detective en quien, quiz&aacute;, se inspirar&iacute;ael c&eacute;lebre Agente de la Continental.<br />Se alist&oacute; durante la Primera Guerra Mundial, pero fue licenciado al contraeruna tuberculosis que, agregada al alcoholismo cr&oacute;nico, minar&iacute;a su salud hasta sumuerte.<br /><br />Joseph Shaw, editor de la revista "Black Mask", reina del <em>pulp</em>,impuls&oacute; la corta carrera literaria de Hammett, publicando sus relatos. Algunosde los cuales se transformaron en novelas como las mencionadas <em>Cosecha roja</em> y <em>Lamaldici&oacute;n de los Dain</em>.<br /><em>El halc&oacute;n malt&eacute;s</em>, la m&aacute;s conocida de sus obras, discutible como lamejor, lleg&oacute; al cine de la mano de John Houston, y fue protagonizada porHumphrey Bogart, con Mary Astor, Peter Lorre y el sempiterno Sidney Greenstet.<br />Tambi&eacute;n hubo versiones cinematogr&aacute;ficas de <em>La llave de cristal</em> y <em>Elhombre delgado</em>.<br />Tras la publicaci&oacute;n de <em>El hombre delgado</em>, en 1934, Hammett se dedic&oacute; alos relatos cortos, los cuales fueron publicados en distintas antolog&iacute;as,algunas p&oacute;stumas.<br />En 1951, su participaci&oacute;n en pol&iacute;tica lo llev&oacute; a la c&aacute;rcel por "actividadesantiamericanas" (se hab&iacute;a afiliado al Partido Comunista). En los diez a&ntilde;os quele restar&iacute;an de vida, Dashiell Hammett se dedic&oacute; al activismo.<br /><br /><br /></span><div style="text-align: right;"><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;"><em>&copy; Marcelo Choren -2008</em><br /></span></div></div></div>]]></description>            <pubDate>Mon, 19 May 2008 14:41:46 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Patricia Highsmith</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/05/00024-patricia-highsmith.html</link>            <description><![CDATA[<span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;"><strong>Patricia Highsmith</strong> (Forth Worth, 1921- Locarno, 1995)<br /><br />Nacida en Forth Worth, Texas, Patricia Highsmith (Mary Patricia Plangman) esuna de las m&aacute;s representativas escritoras dedicadas al policial negro.</span><!--[if gte vml 1]>                              <![endif]--><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;"><img height="1" src="tinymce/plugins/finpreview/img/trans.gif" width="1" />Considerada en su pa&iacute;s como una autora"maldita" debido a su homosexualidad (sumada a su tendencia pol&iacute;tica deizquierda), Highsmith destac&oacute; desde muy joven por su talento para construir lospersonajes tortuosos que toman vida en sus textos.<br /><br />En 1966, la escritora se estableci&oacute; en East Anglia, Reino Unido. Aunque pasar&iacute;asus &uacute;ltimos a&ntilde;os en Tegna, Suiza.<br /><br />En 1950 publica <em>Extra&ntilde;os en un tren</em>, su primera novela, que le dar&aacute; famaen 1951 cuando Alfred Hitchcock decidi&oacute; la llevarla a la pantalla (con gui&oacute;n deRaymond Chandler).<br /><br />El personaje m&aacute;s importante de su producci&oacute;n novel&iacute;stica es Tom Ripley; unasesino, estafador, ladr&oacute;n, ex presidiario y bisexual. Ripley aparecer&aacute; en unasaga compuesta por varias novelas desde <em>El talento de Mr. Ripley</em> (1955)hasta <em>El muchacho que sigui&oacute; a Ripley</em> (1980).<br /><br />Las tramas delineadas por la autora suelen internarse en las implicacionespsicol&oacute;gicas que mueven a cada actor, buceando en la culpa y el crimen.<br /><br />Adem&aacute;s de una larga serie de novelas, Patricia Highsmith, escribi&oacute; unaconsiderable cantidad de cuentos y nouvelles, como "El cuchillo" (Theblunderer), "Dos palomas muy desagradables", "La tortuga de agua", y "Coartadaperfecta", entre otros.<br /><br />Se destaca, tambi&eacute;n, <em>Suspense</em>, un libro donde la autora revela muchos delos secretos de su depurada t&eacute;cnica narrativa.<br /><br /></span><div style="text-align: right;"><em><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;">&copy; Marcelo Choren - 2008</span></em></div>]]></description>            <pubDate>Mon, 19 May 2008 14:07:03 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Rex Stout</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/03/00023-rex-stout.html</link>            <description><![CDATA[<span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;"><strong>Rex Todhunter Stout</strong> (Estados Unidos 1886 - 1975)<br /><br />Fue uno de los m&aacute;s prestigiosos y prol&iacute;ficos escritores de novelas policiales.Stout es el creador del gordo, perezoso y glot&oacute;n detective Nero Wolfe.</span><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;"> Su actuaci&oacute;n en las historias incluye platos refinados, orqu&iacute;deas (que Wolfe cultiva con pasi&oacute;n), conjeturas brillantes y hectolitros de cerveza.El autor realiza una mezcla interesante entre el policial deductivo y el negro: la contraparte de Wolfe es su p&iacute;caro y audaz secretario Archie Goodwin (narradador personaje-testigo). Es Goodwin quien se encargar&aacute; de machacar a los malos, tirotearse, y perseguir a cuanta mujer se le cruce. <br /><br />Los relatos son &aacute;giles y cargados de iron&iacute;a.La diferencia entre Stout y otros autores es su forma de mostrar un lado m&aacute;s amable dentro del g&eacute;nero negro. Ocup&oacute; el cargo de presidente de Mystery American Writers, y nominado como mejor escritor de misterio del siglo XX.</span><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;"><br /></span><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;"><br />Algunas de sus obras m&aacute;s conocidas:<em>Fer-de-lance</em> (1934) <em>Demasiados cocineros</em> (1938) <em>Por encima de mi cad&aacute;ver</em> (1940) <em>Orqu&iacute;deas negras </em>(1942) <em>Las ara&ntilde;as de oro</em> (1953) <em>Demasiados detectives</em> (1957) <em>La deducci&oacute;n final</em> (1961) <em>Suena el timbre</em> (1965).<br /></span><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;">Stout cuenta, adem&aacute;s, con una amplia cantidad de novelas policiales sin su personaje estrella.</span><br /><br /><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;">En los 30&rsquo; se llevaron al cine &ldquo;Meet Nero Wolfe&rdquo; (1936) con Edward Arnold como Wolfe y &ldquo;La liga de los asustados&rdquo; (1937) donde Wolfe es interpretado por Walter Connolly. En 1981 se film&oacute; &ldquo;Nero Wolfe&rdquo; como serie televisiva, con William Conrad en el papel de Wolfe y un joven Lee Horsley como Archie Goodwin.<br /></span>]]></description>            <pubDate>Mon, 10 Mar 2008 08:35:06 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Raymond Chandler</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/03/00022-raymond-chandler.html</link>            <description><![CDATA[<span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;"><strong>Raymond Chandler</strong> (Chicago, 1888 - California, 1959)<br /><br />Cada tanto, las editoriales que se dedican a novelas negras reeditan sus obras: <em>El sue&ntilde;o eterno</em> (1939) &mdash;la primera novela del autor. <em>Adi&oacute;s, mu&ntilde;eca</em> (1940) &mdash;de ser posible con la traducci&oacute;n de C&eacute;sar Aira. <em>La dama en el lago</em> (1943), <em>La ventana siniestra</em> (1943), <em>La hermana menor</em> (1949) y la emblem&aacute;tica: <em>El largo adi&oacute;s</em> (1952).</span><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;">En todo caso, bien por Chandler. &iexcl;Y mejor para sus lectores!<br /><br />El viejo Raymond no escribi&oacute; mucho: siete novelas &mdash;muchas de ellas refundiendo textos anteriores&mdash;, una serie de cuentos cortos y algunos guiones para el cine. Su primer cuento, "Blackmailers don't Shoot" (Los chantajistas no disparan), fue publicado en 1933 por <em>Black Mask</em>, pionera publicaci&oacute;n <em>pulp</em> que marc&oacute; toda una &eacute;poca&nbsp; en la literatura policial. El padrino literario de Chandler no fue otro que Dashiell Hammett: &eacute;l se encarg&oacute; de conseguir que esta primera publicaci&oacute;n apareciera en la legendaria revista. Es un momento trascendental para el policial negro: el Sam Spade de Hammett se eclipsa y le cede el trono detectivesco a un Philip Marlowe algo menos l&iacute;rico, algo m&aacute;s desencantado del mundo.<br /><br />En el momento de publicarse "Blackmailers don't Shoot", Chandler ya ten&iacute;a cuarenta y cinco a&ntilde;os. Dos d&eacute;cadas m&aacute;s tarde, termin&oacute; su carrera como novelista con <em>El largo adi&oacute;s</em>, editada en 1953. Al morir, en marzo de 1959, dej&oacute; una obra inconclusa: <em>Poodle Springs</em>. La termin&oacute; &mdash;o crey&oacute; terminarla&mdash; Robert Parker. Se hizo una deplorable pel&iacute;cula para TV, con la direcci&oacute;n de Bob Rafelson y con el no menos deplorable James Caan destruyendo al personaje de Marlowe.<br /><br />&iquest;C&oacute;mo leer a Chandler? Con una gran dosis de humor y una bater&iacute;a de anti&aacute;cidos, creo. No se necesitar&aacute;n conocimientos sobre venenos hind&uacute;es indetectables, tampoco har&aacute; falta que la v&iacute;ctima se pare sobre una &uacute;nica baldosa posible &mdash;y justo a las 3:30 de la tarde&mdash;, para que una ballesta dispare esa flecha m&aacute;gica que le atravesar&aacute; la coronilla; bastar&aacute; con imaginar el impacto de una bala calibre .45 en el pecho de alg&uacute;n rufi&aacute;n.<br /><br />En la obra de Chandler el enigma es, en realidad, un asunto secundario (si no fuese as&iacute;, la relectura de cada una de sus novelas ser&iacute;a insoportable: el lector ya sabe c&oacute;mo termina todo). Lo impresionante es la acci&oacute;n vertiginosa y el estudio de los caracteres humanos bordeando el estereotipo, jugando con el grotesco en una mezcla de brutalidad, iron&iacute;a y filosof&iacute;a de bar. Bar en que lector y personaje se sientan a beber bourbon en cada p&aacute;gina. Porque, convengamos en esto, a Philip Marlowe uno lo quiere desde la primera l&iacute;nea, se le hace dif&iacute;cil separarlo de su autor. Claro que no siempre se llam&oacute; as&iacute; este justiciero que a veces esquiva los caminos del procedimiento legal, este Quijote americano de los 50': en distintos cuentos, Chandler lo hace aparecer como Mallory, Malvern, Carmody y Dalmas. Pero uno puede oler a Philip Marlowe en cualquiera de estos personajes.<br /><br /><em>Adi&oacute;s, mu&ntilde;eca</em><br /><br />Al igual que en <em>El sue&ntilde;o eterno</em>, Chandler canibaliza algunos de sus cuentos, los cose con hilo grueso y... voil&aacute;: produce esta novela. Aqu&iacute; ya se advierte al definitivo Marlowe: un perdedor caballeroso y duro, con algo de cultura y muchos principios.<br /><br /><em>&mdash;&iexcl;Me he excitado un poco! &mdash;dijo (Malloy)&mdash;. No le deseo a nadie un tropez&oacute;n conmigo. &iexcl;Subamos los dos! Podemos echar un trago.<br />&mdash;No te van a servir. Ya te he dicho que es un club para negros.<br />&mdash;Hace ocho a&ntilde;os que no veo a Velma &mdash;dijo con su voz profunda y triste&mdash;. Ocho largu&iacute;simos a&ntilde;os desde que le dije adi&oacute;s. Y lleva seis sin escribirme. Seguro que encontrar&aacute; alguna excusa. Trabajaba aqu&iacute;. Buena chica, una mu&ntilde;eca; hay pocas como ella. En fin, &iquest;subimos los dos, eh?<br />&mdash;Vale &mdash;gru&ntilde;&iacute; lleno de entusiasmo&mdash;. Subo contigo. Subir&iacute;a mejor si dejaras de llevarme. Puedo andar solo. Me encuentro bien. Ya soy una persona mayor. S&eacute; hacer pip&iacute; sin necesitar de nadie, s&eacute; hacer muchas cosas por mi cuenta. As&iacute; que no hace falta que me lleves.<br />&mdash;La peque&ntilde;a Velma trabajaba aqu&iacute; &mdash;dijo suavemente.<br />No me hab&iacute;a escuchado. Subimos la escalera. Al menos me dejaba andar. Me dol&iacute;a el hombro, y el sudor me empapaba la nuca.</em><br /><br />Este fragmento pertenece al primer encuentro entre el detective y Malloy, un ex presidiario gigantesco y entra&ntilde;able que busca a su novia. Ser&aacute; Philip Marlowe quien la localice y, al mismo tiempo, quien desenrolle la intriga que hab&iacute;a llevado a Malloy a la c&aacute;rcel.<br />Se hicieron dos versiones para el cine: una en 1945, dirigida por Edward Dmytryk, con Dick Powell; y otra &mdash;mucho mejor&mdash; en 1975, dirigida por Dick Richards, con Robert Mitchum y la siempre enigm&aacute;tica Charlotte Rampling. Para las dos pel&iacute;culas se utiliz&oacute; el mismo gui&oacute;n de Chandler.<br /><br /><em>La dama en el lago</em><br /><br />Chandler traza esta novela bas&aacute;ndose en tres relatos cortos: "Bay City Blues" (1938), "La dama del lago" (1939) y "No hubo crimen en las monta&ntilde;as" (1941). De nuevo Marlowe saldr&aacute; en busca de una mujer extraviada: en este caso, la esposa de un millonario californiano, ejemplar protot&iacute;pico de aquellos a&ntilde;os posteriores a la Depresi&oacute;n.<br /><br /><em>Coloqu&eacute; una tarjeta de visita &mdash;de las que no ten&iacute;an impresa la pistola ametralladora en un &aacute;ngulo&mdash; sobre su escritorio, y ped&iacute; una entrevista con el se&ntilde;or Derace Kingsley.<br />(La secretaria) Mir&oacute; mi tarjeta y pregunt&oacute;:<br />&mdash;&iquest;Est&aacute; usted citado con &eacute;l?<br />&mdash;No tengo cita.<br />&mdash;Es muy dif&iacute;cil ver al se&ntilde;or Kingsley sin haber concertado una entrevista.<br />Eso era algo a lo que nada ten&iacute;a que objetar.<br />&mdash;&iquest;Cu&aacute;l es la naturaleza de su asunto, se&ntilde;or Marlowe?<br />&mdash;Es algo personal.<br />&mdash;&iexcl;Ya veo! &iquest;El se&ntilde;or Kingsley le conoce?<br />&mdash;No lo creo. Quiz&aacute;s haya o&iacute;do mi nombre. Puede decirle que me env&iacute;a el teniente M'Gee.<br />&mdash;&iquest;Y conoce el se&ntilde;or Kingsley al teniente M'Gee?<br />Coloc&oacute; la tarjeta al lado de un mont&oacute;n de cartas reci&eacute;n escritas. Se apoy&oacute; sobre el respaldo colocando sobre el escritorio un brazo bien torneado, y comenz&oacute; a dar golpecitos con un peque&ntilde;o l&aacute;piz de oro.<br />Le gui&ntilde;&eacute; un ojo. La rubia del conmutador sonri&oacute; con una sonrisa hueca. Parec&iacute;a juguetona y dispuesta, pero no muy segura de s&iacute; misma, como un gatito reci&eacute;n llegado a una casa en la que sus habitantes no se interesan mucho por los gatos.<br /></em><br />Marlowe se beber&aacute; sus buenas dosis de whisky mientras persigue la soluci&oacute;n de este caso. S&oacute;lo se sentir&aacute; m&aacute;s viejo, m&aacute;s resignado, m&aacute;s descre&iacute;do de las personas.<br /><em>La dama del lago</em> lleg&oacute; al cine en 1946, dirigida e interpretada por&nbsp; George Montgomery. Con una particularidad narrativa: al hablarle a Marlowe, los personajes se dirigen a la c&aacute;mara; es decir, toda la pel&iacute;cula est&aacute; contada en c&aacute;mara subjetiva desde el detective (en un momento, alguien le da un pu&ntilde;etazo, y en consecuencia la c&aacute;mara rueda por el piso). Un buen ejemplo de "filmaci&oacute;n en primera persona", aunque la versi&oacute;n era algo floja: a pesar del gui&oacute;n que Chandler le prepar&oacute;, Montgomery no logr&oacute; captar la esencia del personaje, volvi&eacute;ndolo una especie de superh&eacute;roe acartonado. Adem&aacute;s, la c&aacute;mara subjetiva impide la identificaci&oacute;n del espectador con Philip Marlowe: somos sus ojos a la fuerza.<br /><br />Se ha acusado a Chandler de torpe y desma&ntilde;ado. Puras mentiras: su escritura es s&oacute;lida, llena de vida y relieve. Tambi&eacute;n se le reprocha que en <em>El sue&ntilde;o eterno</em> se haya olvidado de un asesino: cuando se film&oacute; la pel&iacute;cula &mdash;en 1946&mdash;, el director Howard Hawks y los guionistas &mdash;William Faulkner (nada menos), Leigh Brackett y Jules Furthman&mdash; no pudieron descifrar parte de la trama; consultado, Chandler admiti&oacute; que ni siquiera &eacute;l mismo era capaz de decirles qui&eacute;n hab&iacute;a matado a uno de los personajes.<br /><br />Por lo dem&aacute;s, &iquest;a qui&eacute;n le importa?<br />"Que se me muestre &mdash;dice Chandler&mdash; a alguien incapaz de soportar la novela polic&iacute;aca: se tratar&aacute;, sin duda, de un mentecato. Un mentecato inteligente &mdash;es posible&mdash;; pero, de todos modos, un mentecato."<br />Y yo pienso lo mismo.<br /><br /><br /></span><div style="text-align: right;"><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;"><em>&copy; Marcelo Choren, marzo de 2007</em></span></div>]]></description>            <pubDate>Sun, 02 Mar 2008 19:25:09 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Giorgio Scerbanenko</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/03/00021-giorgio-scerbanenko.html</link>            <description><![CDATA[<span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;"><strong>Giorgio Scerbanenko</strong> (Kiev 1911 - Milan 1969)<br /><br />Considerado uno de los principales impulsores del policial negro italiano, Vladimir Giorgio Scerbanenko, naci&oacute; en 1911 en Kiev, de madre italiana y padre ucraniano. Siendo muy peque&ntilde;o, la familia se traslada a Roma, y luego a Milan. Educado en Italia, donde desarroll&oacute; toda su carrera, se lo identifica como autor italiano.</span><br /><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;">Su personaje fetiche &mdash;Duca Lamberti, es m&eacute;dico, ha sido juzgado por eutanasia, y es investigador aficionado&mdash; brilla en cuatro novelas: <em>Venus privada</em> (<em>Venere privata</em>, 1966), <em>Traidores a todos</em> (<em>Traditori di tutti</em>, 1966), <em>Muerte en la escuela</em> (<em>I ragassi del massacro</em>, 1968), <em>Los milaneses matan en s&aacute;bado</em> (<em>I milanesi ammazzano il sabato</em>, 1969).<br /><br />Scerbanenko empez&oacute; imitando a los autores americanos. Le llev&oacute; muchos a&ntilde;os dar con su propio estilo, apartado del estereotipo cl&aacute;sico, creando una nueva corriente del policial negro en Italia.<br /><br />Lamberti es, antes que polic&iacute;a, m&eacute;dico, y reconoce el sufrimiento humano, lo vive en carne propia. Su figura, apenas vislumbrada en el texto, deja entrever a un hombres sensible y dolorido por el drama que le rodea y, muchas veces, lo supera.<br /><br />Utilizando una combinaci&oacute;n de trazo grueso y detalle fino, Scerbanenko marca su visi&oacute;n del submundo milan&eacute;s, sus miserias y sus ignotos h&eacute;roes cotidianos. No escatima brutalidad ni sarcasmo, los criminales no experimentan remordimientos ni conocen la piedad. Ante una realidad plasmada a hachazos, Duca Lamberti es el contrapeso que aporta la necesaria sensibilidad a la trama.<br /><br />Editorial Bruguera, en su c&eacute;lebre e irrepetible colecci&oacute;n &ldquo;<em>Club</em> del misterio&rdquo; rescat&oacute; varias de sus obras con buena traducci&oacute;n, as&iacute; como &ldquo;Demasiado tarde&rdquo;, una antolog&iacute;a de cuentos cortos.<br /><br /><br /></span><div style="text-align: right;"><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: medium;"><em>&copy; Marcelo Choren, marzo de 2007</em></span><span style="font-size: medium;"><br /></span></div><span style="font-size: medium;"><br />&nbsp;</span>]]></description>            <pubDate>Sun, 02 Mar 2008 19:22:16 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>En la madriguera</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/02/00020-en-la-madriguera.html</link>            <description><![CDATA[<p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Sof&iacute;a se despert&oacute; temprano. Hab&iacute;an comido en el mismorestaurante barato de siempre. Sinti&oacute; el est&oacute;mago revuelto. Al lavarse losdientes, el espejo le mostr&oacute; a una mujer vencida. Marcos a&uacute;n roncaba.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Ya en la cocina, encendi&oacute; un Marlboro y prepar&oacute; caf&eacute;.El aroma agradable de las tostadas, hoy, le produjo n&aacute;useas. Se sirvi&oacute; jugo denaranjas. Escupi&oacute; el primer sorbo en la pileta y se enjuag&oacute; la boca con aguafr&iacute;a.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">El caf&eacute; negro, sin az&uacute;car, la reconfort&oacute; un poco. Sequed&oacute; sentada en la banqueta alta, mirando por la ventana. Sigui&oacute; con los ojoslas min&uacute;sculas rajaduras que se ve&iacute;an en la pared del departamento vecino.Imagin&oacute; un mapa imposible: miles de l&iacute;neas oscuras, quebradas, que segu&iacute;anderroteros absurdos, que se entrecruzaban sin sentido. Eran como un mapa de supropia vida.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Llegaron sonidos desde el dormitorio: el crujido delel&aacute;stico, tos, la radio. El enemigo hab&iacute;a despertado. Pasos. La puerta del ba&ntilde;ochirriando, el ruido amortiguado al cerrarse.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">La golpe&oacute; el hedor acre del inodoro.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Marcos se sent&oacute; en la otra banqueta. Ni se saludaron.En el silencio pesado, amargo, Sof&iacute;a le sirvi&oacute; caf&eacute;. &Eacute;l tom&oacute; un trago corto.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Este caf&eacute; es de ayer.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Lo hice reci&eacute;n.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Tiene gusto a recalentado &mdash;se levant&oacute; y arroj&oacute; lataza en la pileta&mdash;. Hac&eacute; otro, quer&eacute;s.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">No alz&oacute; la voz. No pregunt&oacute;. Orden&oacute;, con naturalidad.Macho dominante, volvi&oacute; a dejarse caer en la banqueta.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;&iquest;Qu&eacute; te pasa? &mdash;se revolvi&oacute; ella, sin levantarse desu lugar&mdash;. &iquest;No ten&eacute;s manos, vos? &iquest;No pod&eacute;s ni calentar un jarro de mierda?</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Dejate de joder, Sofi... &mdash;dijo, y empez&oacute; amordisquear una tostada.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Era su turno para mirar las grietas de la pared. &iquest;&Eacute;ltambi&eacute;n la ver&iacute;a como un mapa? Sof&iacute;a puso agua en la pava. Aprovech&oacute; la llamasiseante y azul de la hornalla para encender otro cigarrillo.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Me ten&eacute;s harta &mdash;reflexion&oacute; entre dos bocanadas dehumo&mdash;. No podemos seguir as&iacute;, mat&aacute;ndonos en cada palabra. &iquest;No te das cuenta delo que nos estamos haciendo?</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Las ganas de llorar aparecieron y se fueron sinhumedecer sus ojos. No, no: ya hab&iacute;a llorado demasiado. Ahora, el enojo y ladesesperanza daban paso a la resignaci&oacute;n. La aceptaci&oacute;n punzante, impuesta, quesiente el que ha sido derrotado.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Entonces andate &mdash;dijo Marcos, y se encogi&oacute; dehombros&mdash;. Junt&aacute; tus trapos y andate. Ya que sufr&iacute;s tanto... Pero acordate, &iquest;eh?Acordate bien.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Claro que se acordaba bien, &iquest;c&oacute;mo olvidarlo? Ya hab&iacute;asalido una vez del departamento, con sus dos valijas. Herida, furiosa, se fue aun hotel de segunda, cerca de Constituci&oacute;n. Ah&iacute; s&iacute; llor&oacute;. Todo el tiempo llor&oacute;y llor&oacute;. Primero insultando a Marcos, al final s&oacute;lo repitiendo su nombre entresollozos.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Termin&oacute; llamando a los dos d&iacute;as para recomponer lasituaci&oacute;n. &Eacute;l no se hizo rogar. Al volver, Sof&iacute;a entendi&oacute;, tarde, que se hab&iacute;aequivocado, que Marcos no perdonar&iacute;a jam&aacute;s el abandono. Se tomar&iacute;a todo elresto de la vida para cobr&aacute;rselo. Y otra cosa entendi&oacute;: que ella no ten&iacute;acoraje para irse de nuevo.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">A la tarde busc&oacute; un bol en la heladera semivac&iacute;a.Arranc&oacute; un extremo del film protector, olisqueando el sobrante del guiso dearroz, todav&iacute;a en buen estado. Ya ten&iacute;a resuelta una parte de la cena.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&iquest;No guardaban raticida en la alacena del lavadero?</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Eran unos cubos rojizos, grasos. Pod&iacute;a diluirlos enagua caliente y volcar la mezcla dentro de la olla. &iquest;Quedar&iacute;an disimulados enel sabor de la comida? En todo caso, con agregar bastante pimienta...</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Sopes&oacute; la caja, le pareci&oacute; rellena de plomo. Lacartulina negra y con letras amarillas mostraba una caricatura: un rat&oacute;n panzaarriba con la lengua colgando. La cola tiesa, los bigotes en zig zag y dos crucecitasen el lugar de los ojos.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">En un extremo, el c&iacute;rculo blanco con la ominosacalavera roja.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Dispon&iacute;a de mucho tiempo. Marcos no regresar&iacute;a hastala noche.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Se prepar&oacute; para la cena. Dej&oacute; de lado el conjunto degimnasia, prob&aacute;ndose el vestido oscuro. Todav&iacute;a le quedaba bastante bien. Secalz&oacute; el &uacute;nico par de medias sanas y los zapatos negros. Esos que le apretabanlos dedos, pero eran tan elegantes. Despu&eacute;s de emparejarlas, se pint&oacute; lascortas u&ntilde;as. Una gota de perfume detr&aacute;s de las orejas.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Contempl&oacute; el efecto general en el espejo de lac&oacute;moda. Descubri&oacute; un leve parecido con ella misma, diez a&ntilde;os atr&aacute;s.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Eligi&oacute; el mantel de tela: el de todos los d&iacute;as, depl&aacute;stico a cuadritos, se transparentaba un poco. Los platos y cubiertos deljuego de casamiento. Copas en lugar de vasos. Salero y pimentero de plata, su&uacute;nico tesoro. A &uacute;ltimo momento agreg&oacute; un florerito con dos violetasartificiales.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Marcos lleg&oacute; arrastrando su mal humor. Sof&iacute;a seajetreaba con las cacerolas, &eacute;l no le prest&oacute; atenci&oacute;n. Dej&oacute; el sobretodo en elrespaldo del sof&aacute;, el portafolios de cuerina tirado al costado de la mesitaratona. Advirti&oacute; los arreglos para la cena.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;&iquest;A qu&eacute; se debe tanto lujo, che? &mdash;dijo.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Sof&iacute;a entr&oacute; en el comedor con la panera y la botellade vino. Los ubic&oacute; entre ambos platos.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Nada, que ten&iacute;a ganas de cambiar un poco &mdash;se acomod&oacute;un mech&oacute;n inexistente.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&iquest;Se habr&iacute;a fijado en su aspecto? Seguramente que no.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Parece la mesa de una esposa que est&aacute; por mangaralgo &mdash;dijo &eacute;l, y sonri&oacute; con amargura&mdash;. &iquest;Qu&eacute; quer&eacute;s? &iquest;Un vis&oacute;n, un auto, la casaen Punta del Este? &iquest;O despu&eacute;s de cenar hay funci&oacute;n con tanga negra yportaligas?</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Ahora te traigo la comida &mdash;al volver a la cocina,Sof&iacute;a se dio vuelta para mirarlo&mdash;. Y lo que quiero es paz.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">La letan&iacute;a de la radio y el tintineo de los cubiertosfueron las &uacute;nicas voces durante la cena. Marcos tomaba grandes bocados ymasticaba con la vista clavada en el plato. Cada tanto agitaba el pimenterosobre la comida. Le gustaba la pimienta, siempre ped&iacute;a que le agregara un pocom&aacute;s. Sof&iacute;a lo observaba en silencio. Despidi&eacute;ndose, espi&oacute; cada gesto, memoriz&oacute;sus facciones. Lo vio levantar la copa y hacerse un buche con el &uacute;ltimo tragode vino.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Terminaron de comer.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;&iquest;Por qu&eacute; cenamos cosas distintas? &mdash;pregunt&oacute; Marcos ychasque&oacute; los labios.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">Sof&iacute;a intent&oacute; encender un cigarrillo. Mir&oacute; a esosojos que una vez la hab&iacute;an enamorado. Mareada, aspir&oacute; una gran bocanada deaire. La imagen de Marcos parec&iacute;a desdibujarse, hacerse peque&ntilde;a, imprecisa.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&mdash;Porque a vos no te gusta la comida recalentada. Poreso te prepar&eacute; fideos... y yo termin&eacute; con el guiso de arroz.</span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: justify;"><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;"><!--[if !supportEmptyParas]-->&nbsp;<!--[endif]--></span></p><div style="text-align: justify;"></div><p class="MsoNormalIndent" style="text-align: right;"><em><span lang="ES-TRAD" style="font-size: 12pt; font-family: Arial;">&copy; Marcelo Choren Argentina - 2006</span></em></p>]]></description>            <pubDate>Sat, 23 Feb 2008 15:53:55 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>El arte es orden</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/02/00019-el-arte-es-orden.html</link>            <description><![CDATA[El arte puede ser interpretado como el ordenamiento de elementos dispersos a fin de lograr un efecto que induzca al receptor al goce estético. Este ordenamiento no es casual ni, en modo alguno, al azar.<br /><br />Cuando escribe el punto final de un primer borrador, el escritor sólo se ha desfogado.<br />Le falta, todavía, recorrer un largo camino de ordenación. <br />El texto es un bloque en bruto que necesita (que “pide”) correcciones.<br />Esa corrección, tan combatida desde la ignorancia, la vanidad, el temor, es donde se encuentra el texto “verdadero”; donde ya no vale “lo que quise decir” ni “lo que quería mostrar”.<br />La tarea de corregir un texto, en abstracto, no significa nada. Es un camino del que apenas se conoce el punto de partida y, se sospecha, no concluye jamás.<br />Al respecto, Jorge Luis Borges decía que publicaba para dejar de corregir. Cosa que no amedrenta a Abelardo Castillo, capaz de pedir que se pare la impresión para realizar un nuevo ajuste del texto. Si estuviera en su mano, Castillo haría desaparecer hasta la penúltima edición de sus escritos.<br />Anécdotas aparte, corregir un texto empieza como una trabajosa lucha entre el autor y sus propias palabras; el tiempo, el esfuerzo y el honesto reconocimiento de los errores, la transforman en una actividad placentera, quizá más que la propia labor creativa. A su modo, la corrección también lo es.<br />En la práctica, corregir abarca desde la puntuación hasta la búsqueda de la palabra adecuada, de la frase precisa, de la homogeneidad del conjunto, de la unidad de efecto.<br />Un primer paso, antes de “tocar nada” es asegurarse de que cada párrafo se ubica en el lugar apropiado. Es frecuente que, al calor de la escritura, se avance o retroceda sin mucho concierto, que se agreguen datos que deben ser comunicados al lector antes o después del sitio en que se los ha insertado.<br />También habrá que quitar la frase que “enamora” (en cualquier borrador hay, por lo menos, una), esa que, de tan redonda, el escritor se resiste a admitir que sobra.<br />Un buen repaso indicará dónde se encuentran las explicaciones superfluas, los excesos, las construcciones confusas, los adjetivos inútiles. En suma, todo aquello que entorpezca la lectura, el ritmo, la claridad del texto.<br />El trabajo de corregir tiene su punto de inflexión. Como decía un autor de la antigüedad “que pula, pero que no desgaste”. El ordenamiento del escrito debe ser tal que, a priori, su manipulación no salte a la vista. El texto, así corregido, debe mostrar una frescura, una espontaneidad que —el escritor experimentado sabe— ha sido buscada con afán.<br /><br /><div style="text-align:right"><br /><i>© Marcelo Choren – España, 2008</i></div>]]></description>            <pubDate>Mon, 04 Feb 2008 10:48:35 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>CONTRA RELOJ</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/01/00018-contra-reloj.html</link>            <description><![CDATA[Gregorio Díaz sale del edificio de departamentos donde vive y, ya en la acera, enciende un Particulares; paladea el humo azulado, y lo exhala con suavidad.<br />A sus espaldas, la puerta de calle se cierra con un chasquido seco.<br />Es un límpido mediodía.<br />Al llegar a Cangallo mira hacia arriba y el sol lo deslumbra, lo hace estornudar.<br />«Esta tarde» se dice, «voy a conocer a los padres de Martita. Ya es hora, después de tanto calentar bancos de plaza a la salida de la oficina». «Esta tarde» precisa, «sobre las siete, voy a encontrarme con don Amilcar y la señora Emilia».<br />Se había propuesto quererlos como si ya los conociera. Él haría real aquello de que “no perderían una hija, sino que ganarían un hijo”.<br />Sin embargo, Gregorio Díaz no llegará a esa cita: morirá —de una manera trivial— antes de la hora fijada para presentarse ante sus suegros.<br />Consulta su reloj: apenas las doce y media.<br />En el bar de Rivadavia y Riobamba pide un especial de mortadela y queso «bien cargadito, por favor» y una Schneider. Después del primer sorbo helado, ahoga un eructo y se relame, secándose el bigote de espuma. <br />Al salir, no advierte a los operarios que reparan las cornisas del edificio.<br />Gregorio Díaz sonríe, ignorante de su destino, que ha fijado una hora exacta, un minuto preciso, para ahogar todos sus sueños.<br />Sonríe, y acaricia la cartulina impresa que atesora en el bolsillo de la chaqueta. Va a darle un sorpresón a Martita: ha señado la parcelita en Merlo. Esa parcelita de la que tanto han hablado mientras caminaban, las manos entrelazadas y las miradas perdidas.<br />En esa parcela —elegida con orientación al este para aprovechar la luz del sol— construirán su chalet. El frente con piedra imitación Mar del Plata, las ventanas amplias y con persianas barnizadas. A Martita le encanta la combinación de piedra y madera natural, que da ese aspecto rústico tan de moda.<br />Él sabe que en los dos dormitorios colocará parquet, y baldosas de colores en el resto de los pisos.<br />«¿Y para qué el segundo dormitorio?», ha preguntado Martita con un hilo de voz.<br />«Bueno», ha dicho Gregorio, los ojos clavados en los zapatos. «Para cuando se agrande la familia»<br />	Martita no ha respondido, pero él ha percibido un temblor y un momentáneo aumento de la presión de esos dedos pequeñitos sobre los suyos, crispados.<br />Mañana, ese recuerdo, tan vívido en Gregorio Díaz, volverá —nebuloso— a la memoria de Martita, cuando todo sea un torbellino de imágenes y sensaciones congeladas para siempre.<br />Al pasar por El Molino, alcanza a oír que dan las dos y media. Debe ser el carillón del edificio de la Caja del Estado. Las campanadas son mazazos sobre el bronce.<br />Cruza Callao sin prestar atención, entre los coches y el trolebús, que le toca bocina.<br />Dentro de la sucursal del Banco Nación hay un caos: cobran los jubilados.<br />«Cuando yo me jubile, piensa Gregorio Díaz —mientras ordena los papeles sellados, los recibos de servicios y el impuesto municipal de agosto—. «Cuando yo sea jubilado, nada de hacer semejante cola para cobrar una limosna.<br />«Los últimos cinco años», razona —él, que ya no dispone ni de cinco horas—, «voy a aportar el máximo posible. Así, por lo menos, me ligo a una jubilación digna»<br />Ya han pasado las tres y media cuando Gregorio Díaz vuelve al estudio contable.<br />El doctor Barbieri ha mandado colocar un hermoso reloj de pared en la recepción.<br />«Uno así me gustaría», piensa, y calcula que —si lo agrega a la lista de boda— quizá el tío Manucho se decida a regalárselos.<br />Martita le ha dicho que los muebles tapizados en cuero son muy pesados, que prefiere algo más moderno. El sábado van a recorrer la avenida Belgrano, y comparar algunos juegos de comedor en estilo escandinavo.<br />Él piensa llevar la libretita y anotar los precios y modelos al lado de la dirección de cada tienda.<br />Son ya las seis de la tarde; de la última tarde de Gregorio Díaz, empleado del estudio contable Barbieri y asociados.<br />Las seis de la tarde y el cielo es un espejo de luz. Nada anuncia la fatalidad; no hay ni un revoloteo inquieto de las palomas, ni una súbita ráfaga que corte la calidez del aire, ni un escozor inesperado, ni un sorpresivo golpe de melancolía. Nada.<br />Nada.<br />Gregorio Díaz se apura, se precipita por las escaleras del metro. Quiere llegar a Las Violetas antes que los padres de Martita, y reservar una linda mesa, lejos de la puerta.<br />Él cree que va a lograrlo, pero jamás averiguará que a don Amilcar le gusta echar dos terrones de azúcar en el café y revolverlo interminablemente. Jamás descubrirá que la señora Emilia sufre de un leve estrabismo y que parece mirar algo por detrás de su interlocutor.<br />Falta media hora para el instante crucial en que Gregorio Díaz morirá. Los acontecimientos ya están en marcha, todos los involucrados van ocupando sus respectivos lugares en la escena.<br />Tomado del pasamanos, cuenta las estaciones: Alberti, Plaza Miserere, Loria...<br />Cuando viva en Merlo deberá madrugar para llegar a horario al estudio. Pero está segurísimo de que el doctor Barbieri le dará un aumentito; algo provisional antes del ascenso a un puesto de mayor responsabilidad.<br />Al llegar Castro Barros baja del metro, ansioso ante el ritmo cansino de los pasajeros.<br />Martita y sus padres —que después de discutirlo, han decidido gastar unos pesos y llegar a bordo de un taxi— se encuentran a menos de tres manzanas de la confitería. Martita se ha puesto un sombrerito con velo de tul, y se observa en el espejo retrovisor, enderezándose un rulo que se le desacomoda a cada rato. No volverá a ver a su novio con vida —lo ha considerado como su novio desde mucho antes de que él se le declarara en Plaza Italia—. No volverá a verlo con vida. Ignorante del porvenir inminente, Martita todavía es feliz.<br />Al fin en la acera, Gregorio Díaz vuelve a consultar su Girard Perregaux de imitación: son las seis, cuarenta y cinco. Va con el tiempo justo.<br />El mecanismo del reloj continúa su marcha. Seguirá marchando mucho más allá de las siete, la malla metálica rota; la esfera, borrosa del rouge de Martita, que la besará como a algo vivo, como a una extensión viva de Gregorio Díaz.<br />Falta poco para la hora prevista.<br />De tan concurrida, Gregorio apenas puede caminar por la acera; hasta que se produce un hueco, como si la gente le abriera paso.<br />Gregorio se lanza en una última carrera.<br />Gregorio Díaz —que vivirá apenas otros cinco minutos— sonríe al futuro, y corre hacia su muerte.<br /><div style="text-align:right"><i><br />© Marcelo Choren, noviembre de 2005</i></div>]]></description>            <pubDate>Sun, 20 Jan 2008 18:13:11 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Argumento y trama del relato</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/01/00017-argumento-y-trama-del-relato.html</link>            <description><![CDATA[En muchas ocasiones, si no en todas, acostumbro valerme de algunas preguntas clave para dilucidar los problemas estructurales de un texto literario. <br />Lo que hago es bien sencillo (que no simple): invito al autor a resumir el argumento y la trama del relato.<br />Reconozco, sin un ápice de pudor, que es una invitación casi inaceptable. Si el escritor fuera un barco, mi propuesta equivaldría a un torpedo por debajo de la línea de flotación. <br />Como único descargo ante los sufridos talleristas, repetiré la frase que utilizaba mamá luego de darme un coscorrón: "A mí me duele más que a vos (a ti)". Es que nadie disfruta  empujando a un amigo al pantano. Sin embargo, la lucha por salir de allí da como resultado un aclararle el panorama y, por regla general, fortalecerlo.<br />Las respuestas que recibo, luego de pedir resumen o aclaración de argumento y trama, varían desde las apenas sorprendidas (1) hasta las laboriosamente explicativas (2).<br />1) <i>¡Caramba! Creí que estaba muy claro. Resulta que...</i><br />2) <i>Entonces, donde digo que cesaron sus funciones vitales, quiero decir que se ha muerto...</i> <br />Hasta aquí, es lo que he obtenido a cambio de lo que pido. Paso, ahora, a hablar sobre lo que he solicitado.<br /><br /><b>Argumento</b> <br />Es el esqueleto, el andamiaje sobre el que descansa todo el peso del texto. Suele ser <b>una idea única que puede resumirse en una sola frase</b>.<br /><span style="text-decoration:underline">Ejemplo</span>: Un hombre tullido busca venganza.<br /><br /><b>Trama</b> <br />Es la musculatura, lo que da fuerza al relato, lo que modela en trazo grueso. Se adhiere al argumento y lo desarrolla de extremo a extremo. Consiste en <b>una serie de ideas subordinadas a la inicial y coordinadas entre sí</b>. <br /><span style="text-decoration:underline">Ejemplo</span>: Un hombre, capitán de un barco ballenero, emprende la persecución de un cachalote albino que le ha arrancado una pierna.<br /><br />El escritor novel adolece de grandes dificultades para separar ambos conceptos. De ahí las sorpresas, los tartamudeos, y las explicaciones con más palabras que el propio escrito. <br /><br />Lo recomendable es escribir ambos (primero el argumento, luego la trama) y observar si se corresponden y de qué modo se relacionan. Si hay grandes discrepancias, conviene estudiar a fondo el argumento, y adosar las ideas correspondientes a la trama, en ese orden.<br /><br />Una vez planteadas y clarificadas ambas cuestiones, se impone una nueva revisión para comprobar que se ajusten sin fisuras. Es recomendable que, en esta última etapa, intervenga algún lector avezado, capaz de notar las divergencias que puedan haber subsistido.<br /><br />Estas cuestiones pueden ser analizadas a posteriori de la primera escritura, y funcionan como una buena herramienta a la hora de efectuar las correcciones que el propio texto “pide” (a veces, a gritos).<br /><i><br /><div style="text-align:right">© Marcelo Choren – España, 2008</div><br /></i>]]></description>            <pubDate>Sun, 20 Jan 2008 18:04:40 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Succubus</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2008/01/00016-succubus.html</link>            <description><![CDATA[Se acodó en la barra y pidió un Jack Daniel's. Sonaba un blues denso como el humo del local.<br />Vilma. Pensó en sus ataques de furia y llanto, en sus desplantes, sus caprichos, sus exigencias. Pensó en los reclamos constantes de aquella infeliz.<br />En la penumbra, distinguió unos ojos almendrados. Melena rojiza, boca sensual, la sonrisa irónica. Se miraba en el espejo tras las botellas. Tomaba un trago complicado, de esos que traen una sombrillita y dos sorbetes, como los que se ven en las películas.<br />El barman le acercó el vaso tintineante y un cenicero.<br />La mujer pasó por detrás, tan cerca que él pudo sentir su calor y el perfume dulce, pesado.<br />Pensó que necesitaba un cambio, darle un giro a su vida miserable.<br />Se concentró en el whisky, el asco le impidió saborearlo. Pidió otro.<br />No siempre había sido así. Al principio, se había llevado bien con Vilma. Ahora se arrastraban en el infierno.<br />Antes que verla, la anunció el aroma de su cuerpo. La mujer se había sentado a su lado. Sostenía un cigarrillo entre los labios. Le dio fuego con torpeza, sorprendido. La mujer se inclinó hacia él, apoyó dos dedos en su hombro y murmuró las gracias demasiado cerca de su oído, antes de volver a su lugar.<br />Recordó la luna de miel, las risas, la pasión. Los largos paseos por la playa, tomados de la mano. Los caprichos de enamorada, para que comprara recuerdos del lugar.<br />El primer choque se había producido en cuanto volvieron del viaje. No duraron ni dos semanas.<br />Se estremeció: había perdido práctica con las hembras; esa parecía capaz de comerse a tres como él, antes de pedir la cuenta. La miró de reojo, ella parecía estar en otro mundo.<br />Al bajar la mirada, descubrió una tarjeta, muy cerca del cenicero. Un rectángulo de cartulina celeste pálido. Escrita a mano, una sola frase:<br /><br /><i><b>Tus sueños son posibles</b></i><br /><br />En el reverso, un número.<br />Vilma se fastidiaba cada vez que él quería tocarla. Más de una vez la había descubierto con los ojos en blanco. Mientras él trataba, inútilmente, de penetrarla. Era como poseer un cadáver.<br />Se alejó de la barra y marcó desde su móvil.<br />El tono de llamada, y a pocos metros el campanilleo, le llegaron de manera simultánea.<br />—Hola...<br />—Hola —espió a la mujer pantera: sostenía el teléfono en la mano y lo miraba divertida.<br />—Ya gastó su llamada —le dijo antes de colgar—. Invíteme una copa.<br />Se sintió estúpido, que lo habían enredado como si fuera un colegial.<br />No importa, pensó, ya no importa nada.<br />Qué bueno sería liberarse de una vez por todas. Mandar a Vilma al demonio de una buena vez. Ella tendría otro ataque de desesperación: tomaría pastillas, se cortaría las venas, quizá recurriera al Colt...<br />Se acercó.<br />—Marcia —se presentó ella frunciendo la nariz. Era un juego conocido; le faltó decir: lindo, chiquito o muñeco.<br />—¿Qué tomas?<br />—Lo mismo —levantó el vaso casi vacío, la sombrillita mojada.<br />Él llamó al barman: una copa para cada uno.<br />—¿Cómo hago posibles mis sueños? —dijo él con socarronería.<br />—Es muy fácil —la sonrisa nació y se hizo ancha, rutilante—. Sólo debe pensar en ellos, en sus sueños de siempre.<br />—Ya estoy pensando, ¿y cuánto tardarán en concretarse? —la conversación empezaba a hartarlo.<br />Imaginó a Vilma riéndose de él, apuntándolo con un dedo.<br />—No, no, no... —dijo ella, retándolo como a un crío; la melena, soltando destellos de oro, acompañó la negativa—. Pruebe otra vez, pero con más ánimo. Sus deseos no tienen fuerza, ¿sabe? Usted está rendido.<br />—Bueno, nena —cortó él—.No nos andemos por las ramas.<br />Marcia estalló en carcajadas, echó la cabeza hacia atrás.<br />Él vio su cuello delicado, blanco, terso. Siguió hasta el nacimiento de sus pechos, deseó hundirse allí.<br />—Otra vez equivocado, se distrae. Mira lo que no debe —la mujer volvió a reír; lo espió entre risueña y afectuosa—. Escuche bien: yo no formo parte de sus sueños. Debe concentrarse, ¿entiende?<br />Qué distinta a su propia mujer, tan fría, tan agria.<br />—Marcia, vámonos de acá. En menos de diez minutos podemos estar...<br />Ella le puso un dedo en los labios.<br />—Shhh... Sólo yo sé —dijo, imitándolo— dónde podemos estar en diez minutos. Le doy una última oportunidad. ¿Va a desperdiciarla? Mire que no tendrá otra...<br />Un destello extraño le cruzó los ojos.<br />¿Estaría loca?<br />¿Qué pierdo haciéndote caso?, pensó. ¿Qué más puedo perder? <br />Surgió una idea. Apenas una chispa en la tiniebla.<br />Vilma...<br />Vilma olvidándolo definitivamente.<br />Dejándolo volar.<br />Ese sí que era un buen deseo, un sueño imposible.<br />—¿Ve? —la voz de Marcia, lo trajo a la realidad—. Cuando quiere, se concentra.<br />—¿Ya está? —Ahora, el que sonaba risueño era él.<br />—Le dije que era fácil —parecía súbitamente cansada—, pero ya tengo que irme. Gracias por la copa.<br />—¿Cómo? ¿Así como así? Pensé que venía la parte divertida...<br />—Adiós —ella bajó del taburete. Salió tan rápido que él no atinó a decirle nada.<br />Confundido, pagó y se fue. Al salir, Marcia ya había desaparecido.<br />La cálida brisa nocturna lo envolvió mientras caminaba.<br /><br /><br />Llegó a la puerta de calle.<br />Le temblaron las manos al buscar la llave. Forcejeó con la cerradura.<br />Entonces recordó la tarjeta: “<i>Tus sueños son posibles</i>”.<br />¿Qué pasaría si eso fuese cierto?<br />¿Qué pasaría si Vilma lo hubiese olvidado?<br />¿Que pasaría si, <i>su</i> Vilma lo hubiese olvidado para siempre?<br />Abrió la puerta, llamándola.<br /><br /><br />Lo acallaron con dos estampidos.<br />Vilma miraba desorbitada —con el Colt aún humeante entre sus manos—, el cuerpo de ese intruso que, antes de caer, la había llamado por su nombre.<br /><br /><br /><div style="text-align:right"><i>© Marcelo Choren - Buenos Aires, marzo de 2002</i></div>]]></description>            <pubDate>Fri, 04 Jan 2008 13:47:48 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>¡Se me acabaron los ornitorrincos!</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2007/12/00015-se-me-acabaron-los-ornitorrincos.html</link>            <description><![CDATA[—Buenas tardes —dijo el hombre desde la puerta.<br />—Buenas... tardes —dije casi sin aliento. No era para menos: la pareja resplandecía. Sí, sí. Resplandecían como esos muñecos que llevan una lamparita adentro.<br />Se acercaron cruzando el salón.<br />La ropa color crema, se me antojó, les daba aspecto de filipinos. Usaban unos anteojos para sol que brillaban de tan oscuros. Él llevaba un panamá legítimo; ella, una capelina que me recordó a Yoko Ono cuando era joven. ¿Serían turistas? ¿Turistas en nuestro negocio?<br />La mujer no dijo nada. Hizo una graciosa inclinación de cabeza, se sostenía la capelina como si hubiera viento. El brazo, la mano, eran marfil pulido. Y las uñas sobresalían rojas. Muy rojas.<br />—Usted... Ustedes dirán en qué les puedo servir.<br />—<i>Quegueg compgag</i>... —dijo el hombre, y no se trataba de un retardado mental sino que hablaba con acento extranjero: acaso servocroata, el castellano no era su idioma, precisamente—. Quiero <i>compgar</i> un <i>ognitorinco</i>.<br />—¡Un ornit...! ¿¡Un <i>qué</i>!?<br />—Un <i>ornitorinco</i> —repitió.<br />La mujer asintió con una sonrisa muy Hollywood.<br />Me temblaron las rodillas: en un negocio a la calle puede entrar cualquiera. Además, Jerry llegaría de un momento a otro, y su carácter es de lo peor.<br />—Lo siento —dije—. No vendemos ornitorrincos. Nuestra especialidad son las tuercas y los tornillos. ¿Necesita alguno?<br />El hombre también sonrió estilo Hollywood.<br />—No gracias. Sólo quiero comprarle un ornitorrinco.<br />Fue mi turno de sonreír. Le dije que me era imposible venderle un ornitorrinco.<br />—Me es imposible venderle un ornitorrinco.<br />—Pero, ¿por qué? —dijo el hombre.<br />—Porque, señor mío —dije sin contenerme—, en este lugar no-ven-de-mos-or-ni-to-rrin-cos.<br />Y me arrepentí de ser tan impulsivo: advertí que algo —más en el interior de su cuerpo que debajo de la ropa— empezaba a movérsele.<br />La mujer miraba hacia arriba, como si los ornitorrincos estuvieran pegados en el cielo raso. Su cuello, valga el lugar común, era el de un cisne.<br />El hombre usó la mano libre para agarrarse del mostrador, bien del borde. Un globo —¿lo habré imaginado?— se le formó en la frente y se desinfló casi al instante.<br />—Escúcheme —dijo en tono de confidencia—: todo el mundo tiene un precio. Usted pone el suyo, yo compraré el ornitorrinco y me iré sin hacer preguntas.<br />Me desconcentré de golpe: algo sucedía con el pelo de la mujer; se escapaba de la capelina y ondulaba como si en el local hubiese una corriente de aire.<br />Vi entrar a Jerry —el sombrero calado hasta los ojos, la bufanda verde arrollada, el cigarrillo mordido, las manos enfundadas en los bolsillos de la gabardina—. Puteando por lo bajo, pasó detrás de la pareja. Rodeó el mostrador y se escondió en la oficinita del fondo. El portazo debe haberse oído en la China.<br />Volví al hombre y a la mujer.<br />—Oiga —le dije—, yo no soy una persona que usted pueda sobornar. ¡Y no vendemos ornitorrincos! Mire mis labios: No ornitorrincos. Ornitorrincos, no.<br />—Tengo dinero para los dos —dijo. La voz cambiaba: pasaba del chirrido de un insecto al rumor de un oso masticando—. Dinero para usted y para el otro. Dinero para comprar toda la tienda. Quiero mi ornitorrinco.<br />Así que el tipo había observado a Jerry. A pesar de su obsesión, se había dado tiempo para eso, también.<br />La mujer hizo una brusca contorsión, y pude ver la cabeza de una serpiente escabulléndose debajo de la capelina. El hombre seguía sosteniéndola de la mano, pero el brazo de ella era una banda de goma que se estiraba.<br />—¡Tuercas! —intenté—. ¡Tuercas con rosca derecha y rosca izquierda! ¡Tuercas diminutas y tuercas gigantes! ¡Tuercas de hierro, de bronce, de aluminio y de acero! ¡Hasta de goma, tenemos tuercas! Pero ornitorrincos, no. Por el amor de Dios. Ornitorrincos, no.<br />—¡Ella lo necesita! —de la voz se desprendían escamas de óxido, chispas—. Mírela. ¿No le da pena? ¿No tiene corazón, usted?<br />La cosa se me iba de las manos. Recé para que Jerry no se asomara y dijera alguna de sus lindezas.<br />El pecho del hombre creció hasta convertirse en un barril, la nariz le goteó derritiéndose a medias. La cabeza de la mujer dio un giro completo, y cuando sus oídos pasaron frente a mis ojos, pude notar que chorreaban algo verde y espeso.<br />—¡Ya sé! —dije—. Lo que usted necesita es un tornillo. Un tornillo muy especial. Creo que me queda alguno. Si me espera un minuto, yo...<br />—¡Un ornitorrincooooooo! —relinchó—. ¡Uno solo!<br />Me crispó los nervios. Si nos hubiéramos hallado en una cristalería, seguro que estallaba hasta la última copa. Un cajón de tornillos cayó al suelo, y el contenido se diseminó por todo el piso.<br />—Ni uno. Ni uno pequeñito —dije mostrándole las palmas—. Ni uno pequeñito y enfermo. Ni uno fallado y para devolución.<br />La mujer se disolvía en una supuración burbujeante y pútrida. Sobre la masa, de un marrón enfermizo, sobrenadaban retazos de tela clara. ¡Incluso flotaban las uñas rojas, ya desprendidas de sus disueltos dedos! El hombre no soltaba lo que había sido el brazo y que, ahora, mostraba el aspecto de un pedipalpo descomunal. Aunque ya no parecía un hombre: el pecho se le había plegado hacia adentro y, por los desgarrones de la camisa, advertí una superficie quitinosa, iridiscente. Sus piernas habían desarrollado nuevas articulaciones, demasiadas, y se quebraban en ángulos de pesadilla.<br />—Un <i>ognitoguinco</i> —zumbó, meneando lo que había sido su cabeza—. Antes de que sea <i>tagde</i>.<br />—Lo siento mucho —dije—. ¡Se me acabaron los ornitorrincos!<br />Todavía le crecieron unas antenas inquietas —las vi hundirse en ese océano gelatinoso— antes de que la masa oscura lo absorbiera. Después el amasijo se tragó el panamá —que crujió— y la capelina. Se convirtió en un líquido cloacal, en vapor sulfuroso, en nada.<br />Suspiré.<br /><br /><br />Cerré la puerta de la oficina y apoyé la espalda.<br />—Qué querían —preguntó Jerry con su voz nasal. Se encontraba tras el escritorio metálico, y había colgado el sombrero y la gabardina en el perchero.<br />—Nada. Lo de siempre: un ornitorrinco.<br />—¿Y qué les dijiste?<br />—Que no vendemos ornitorrincos.<br />—Te escuché decir que se te habían acabado... —los ojos de Jerry eran dos piedras, negras y brillantes, que me estudiaban—. ¿Me equivoco?<br />—¡Sí! ¡No! Bueno, sí... —me pasé la lengua por los labios—. Puede ser. Me exasperé, ¿viste?<br />Jerry,  contoneándose, se apartó del escritorio y avanzó hacia mí. Pensé que en la oficina hacía mucho calor y quise abrir la puerta. Jerry me lo impidió.<br />—¿Se te acabaron los ornitorrincos o no? ¡Mirame cuando te hablo, carajo! ¿Vendés ornitorrincos?<br />—No, Jerry —dije torciendo la cara para evitar su examen—. No vendo ornitorrincos, te lo juro. Nunca, en toda mi vida, vendí un puto ornitorrinco.<br />Me estrelló contra la pared. Mis zapatos apenas rozaban el linóleo. Su aliento hedía a maíz fermentado, a inmundos pescados de río.<br />—¡La verdad!<br />—Es cierto, Jerry —dije. Me ardían los párpados. Se me quebró la voz—. Nunca Jerry, nunca.<br />—Bueno —dijo sin soltarme del todo—. Quizá yo también me exasperé. ¿Amigos?<br />—Amigos —dije, y asentí varias veces sin levantar la vista del suelo.<br />—Esos dos van a volver —dijo. Me alisó la camisa con sus manos ásperas—. Disfrazados de otra cosa, pero van a volver. Mañana desmontamos el negocio y nos mudamos.<br />—Como digas, Jerry.<br />Retrocedió un paso, y aproveché para salir de la oficina.<br />Su voz me siguió por el local:<br />—Ya es tarde, bajá la cortina.<br />—Sí, Jerry.<br />—Y, antes de apagar las luces, te me vas al sótano y les das bien de comer a los ornitorrincos: andan medio inquietos.<br />—Es la época, Jerry —dije de espaldas.<br />La cortina traqueteó mientras bajaba por las guías.<br />—Sí —dijo—, ya hay dos hembras en celo.<br />—Hay que separar a los machos.<br />—Me los enjaulás, pero después de alimentarlos. Si no, te van a romper las manos a picotazos.<br />Tuve una idea y pregunté:<br />—Jerry, cuando nos mudemos voy a necesitar una nueva identidad. ¿Pensaste en qué nombre me vas a dar esta vez?<br />—Sí —dijo con tono divertido—. Desde mañana, y hasta que vuelvan a encontrarnos, te vas a llamar Marcelo Choren.<br /><br /><br /><div style="text-align:right"><i>©Marcelo Choren - Buenos Aires, diciembre de 2003</i></div>]]></description>            <pubDate>Mon, 24 Dec 2007 12:12:52 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>El huevo de la paciencia y las muñecas rusas</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2007/12/00014-el-huevo-de-la-paciencia-y-las-munecas-rusas.html</link>            <description><![CDATA[El título no se refiere a una novela erótica, sino a dos figuras que utilizan los buenos narradores.<br />Ya conocen las <b>muñecas rusas</b>, esas que —al abrirlas— muestran otra más pequeña adentro, que —al abrirlas— muestra otra más pequeña adentro, que...<br />Permítanme presentarles al <b>huevo de la paciencia</b>: un invento chino (cuando no) consistente en una esfera de marfil con un orificio. Se introduce una varilla en el agujero y empieza a escarbarse, ya que en el interior hay otra esfera con su correspondiente orificio. Una vez localizado y atravesado, hay que seguir escarbando porque, como se imaginarán, hay más y más esferas unas dentro de otras.<br />Todo esto debe hacerse a ciegas, valiéndose del tacto (lo cual requiere una paciencia <i>china</i>).<br /><br />Imaginen estos dos objetos como recursos de autor.<br /><br />Mario Vargas Llosa menciona la habilidad, el arte, necesarios para ocultar información al lector. Recordarán mi insistencia sobre este punto, ante a los autores noveles que se “desesperan” por contarlo todo.<br /><br />Algunos datos se esconden por <b>hipérbaton</b> (<i>hipérbaton: alteración del orden lógico de una frase</i>). Las novelas policiales son un buen ejemplo: el elemento faltante aparece al final, en la resolución. Aquí, el símil con la muñeca rusa.<br /><br />Otros datos se suprimen por <b>elipsis</b> (<i>elipsis: alusión a un objeto o acción sin mencionarlo de manera explícita</i>). El mejor ejemplo que se me ocurre es “Los asesinos” de Hemingway, donde el motivo del intento de asesinato no se menciona jamás. ¿Cómo son las esferas interiores del huevo de la paciencia? No lo sabemos, debemos contentarnos con “palparlas”, con saber que están allí.<br /><br />Y así, el escritor esforzado arma y desarma sus historias. Escondiendo, recortando —no por ignorancia sino por voluntad—, aquello que el lector develará o intuirá apenas, tras las palabras.<br /><br />En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuento de Jorge Luis Borges que pertenece a <i>Ficciones</i>; el autor escribe: “<i> ...Bioy Casares había cenado conmigo esa noche, y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores —a muy pocos lectores— la adivinación de una realidad atroz o banal... </i>”  <br /><br />Me han preguntado en el taller:<br />¿Deben, entonces colocarse los “indicios” en el texto?<br />La respuesta es <i>s</i>í. Un sí rotundo: las pistas (los indicios) <i>deben</i> estar presentes en el relato. Tampoco puede contarse todo porque el misterio se agota en sí mismo. <br /><br />Imaginen este pàrrafo: <i>Pedro abrió la puerta. Venía dispuesto a asesinar a su tío Eulalio para que, en unos pocos días, la policía lo descubriera todo</i>. Después de esto, ¿para qué seguir leyendo?<br /><br />El ocultamiento absoluto es imposible, conduce al <i>deus ex machina</i>, a la resolución forzada y de último momento.<br />Los finales al estilo "<i>y entonces me desperté. ¡Todo había sido un sueño</i>!" caen dentro de esta clasificación.<br /><br />"Toda historia encierra dos historias, una visible y una oculta, que se revela al final". Si el lector recorre la narración de atrás para adelante, debe reconocer esos indicios que el autor ha sembrado y que conducen hacia el desenlace. <br />Esto abre un campo muy amplio sobre cómo deben ser esos indicios.<br />Chejov dice: "si en el primer acto se ve una escopeta colgada sobre la chimenea, en el tercer acto esa escopeta <i>debe</i> ser disparada". Este concepto, de tan aparente sencillez, es donde tropiezan la mayoría de los autores noveles. <br />También hay que aplicar el mecanismo inverso: "si en el tercer acto se dispara una escopeta, en el primero debe aparecer colgada sobre la chimenea".<br /><br />Si, mediante la distribución de indicios, le hemos prometido al lector que algo sucederá con (o debido a) un objeto o un personaje, debemos cumplir con ese pacto. Y, por la recíproca, si algo sucede al final, debe verificarse que eso mismo ha sido "pactado" de antemano. <br /><br />Como lectores no tendría preocuparnos el descifrar, develar, o anticipar hacia dónde nos conduce el autor. Una primera lectura debe encontrarnos libres de prejuicios y dispuestos al goce estético. Ya habrá tiempo, si nos interesa, para otras lecturas más críticas, reveladoras de "la cocina" del escritor en cuestión. <br /><br />Como autores nos encontramos en la obligación de elidir el exceso de explicaciones, que soltamos por temor a no ser comprendidos; y confiar más en la capacidad del lector.<br /><br /><br /><div style="text-align:right"><i>© Marcelo Choren – España, 2007</i></div>]]></description>            <pubDate>Tue, 11 Dec 2007 11:38:06 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Los tiempos literarios: prospectiva y retrospectiva</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2007/11/00006-los-tiempos-literarios-prospectiva-y-retrospectiva.html</link>            <description><![CDATA[El tiempo real es un constante avanzar, un convertir instantáneo del presente en pasado.<br />Para el escritor el tiempo es un recurso más, al que puede manejar para enriquecer el texto: avanzar o retroceder en la línea temporal cambiando el enfoque, dando otras perspectivas que conformen un cuadro más amplio en la mente del lector.<br /><br /><b>Retrospectiva</b><br />La retrospectiva (analepsis) o flash back es un retroceso en el tiempo. Una herramienta que permite aclarar situaciones dentro de la historia, pasando, por ejemplo, de la acción presente a un período anterior.<br />Ejemplo:<br /><i><span style="color:#0000FF">Salieron de la granja llevando sus pertenencias en el maletero. Nadie los detuvo.</span></i> (presente)<br /><i><span style="color:#0000FF">Tres años antes, cuando decidieron trasladarse de la ciudad al campo, les había bastado con echar una mirada al caos en el que vivían para saber que ya nada los retenía en Madrid. Les resultó fácil elegir un rincón de la campiña manchega, y ubicarse allí. La granja, algo abandonada, había pertenecido a una familia de la zona que, deseosa de quitarse la propiedad de encima, se las había dejado a un precio ínfimo: apenas el valor de la parcela. No pensaron que allí también los encontraría el terror.</span></i> (flash back)<br /><br />Este segundo párrafo sitúa al lector, le amplía el campo de visión y lo pone en antecedentes sobre cómo llegan los personajes a una determinada situación.<br /><br />Otra posibilidad la constituye el “pasado durativo” como en la frase siguiente:<br /><i><span style="color:#0000FF">Habían pasado la última semana mirando llover, y esperando el momento oportuno para huir de allí.</span></i><br />Esta visión, sin llegar a ser un salto atrás, da un marco de referencia más acabado.<br /><br />Resumen:<br />Desde el presente <i><span style="color:#0000FF">Salieron de la granja...</span></i>, damos un salto atrás <i><span style="color:#0000FF">Tres años antes...</span></i>, para luego completar el panorama con <i><span style="color:#0000FF">Habían pasado la última semana...</span></i><br /><br /><br /><b>Prospectiva</b><br />La prospectiva (prolepsis) o Flash forward es, al contrario del flash back, un salto hacia adelante. Es la narración de algún suceso al que todavía no han arribado los personajes.<br />Si la retrospectiva aclara y amplía, la prospectiva agrega <i>suspense</i> a la trama.<br /><br />Ejemplo:<br /><i><span style="color:#0000FF">...sin embargo, Gregorio Díaz no llegará a esa cita: morirá —de una manera trivial— antes de la hora fijada para presentarse ante sus suegros.</span></i><br /><br />La prospectiva da un giro interesante al texto, anticipando hechos. Provoca la complicidad del lector con el narrador: ambos saben algo que los personajes no han descubierto aún.<br /><br /><br />Utilizadas con mesura, estos dos recursos enriquecen el texto, dando al lector la sensación de saber todo lo acontecido antes, y la intuición de lo que vendrá.<br /><br /><div style="text-align:right"><i>© Marcelo Choren – España 2007<i></div>]]></description>            <pubDate>Thu, 29 Nov 2007 11:26:28 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Núcleos narrativos</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2007/11/00013-nucleos-narrativos.html</link>            <description><![CDATA[Núcleos narrativos<br /><br />Existe un recurso muy cómodo y fácil de utilizar para el escritor: los <b>Núcleos narrativos</b><br /><br />Los <b>núcleos narrativos</b> son los que desarrollan la historia de forma organizada y progresiva. Son elementos, dentro de un relato, que no pueden ser suprimidos sin causar una ruptura en la ilación. Podría asimilárselos como los eslabones en una cadena de acontecimientos.<br /><b>Los personajes</b> del texto serán los sujetos en torno a los que giran los <b>núcleos narrativos</b>. Entre ambos “unifican la acción” (lo que sucede y a quién le sucede) y forman la <b>estructura narrativa.</b><br /><br />Ejemplo de secuencia de <b>núcleos narrativos</b>.<br /><br /><b>El personaje</b>:<br />1.	Compra un objeto<br />2.	El objeto le crea problemas<br />3.	No puede desprenderse de él<br /><br />Analizando los <b>núcleos narrativos</b> como eslabones en los que se estructura la narración, descubrimos los elementos “imprescindibles” y los elementos “accesorios”, las repeticiones o la falta de ellas.<br />Pueden montarse historias paralelas (distractoras o no) y desarrollarlas sólo en algunos de los <b>núcleos narrativos</b>.<br /><br />P. Ej:<br />Las telenovelas suelen presentar distintos <b>núcleos narrativos</b> (unos dramáticos, otros con una vis cómica o romántica, etc.), con una historia central y otras periféricas que se conectan entre sí y con la primera mediante la interacción de los <b>personajes</b>.<br /><br />A la hora de corregir, <b>los núcleos narrativos son una excelente herramienta para el escritor.</b><br /><br /><br /><div style="text-align:right"><i>© Marcelo Choren – España 2007</i></div>]]></description>            <pubDate>Wed, 28 Nov 2007 14:50:24 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Los indicios, el camino del lector</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2007/11/00005-los-indicios-el-camino-del-lector.html</link>            <description><![CDATA[A la manera de Hansel y Gretel, el escritor debe “sembrar el camino” que sigue el lector; dejando caer migajas de información que lo preparen para el desenlace. Estos indicios aparecerán de manera ambigua, casi disimulados en la escenografía, pero con la fuerza suficiente como para ser significativos.<br />El escritor entrenado evalúa dónde, cómo, cuándo y con qué claridad son necesarios esos indicios. Para ello, recorre el texto en ambos sentidos, repasando si cada pista, cada dato vertido ocupa el lugar que le corresponde.<br />Conviene tener presente lo dicho por Chejov <i>“Si en la línea cinco aparece una escopeta, y en la línea quince esa escopeta no se ha disparado, la escopeta está de más”</i>.<br />A la sazón, en el camino de ida, es necesario “prometer algo” al lector, algo que va a suceder; y cumplirlo al final. Del mismo modo, observando el texto en perspectiva, habrá que verificar si ese cumplimiento responde a las promesas formuladas. El Texto: ¿Promete lo que cumple? ¿Cumple lo que se ha prometido? ¿Hay datos “sobrantes” que develan la trama antes de tiempo? ¿Falta información, y el texto roza (o cae) el <i>Deus ex machina</i>? ¿Hay datos que pasan por relevantes y no lo son?<br />Es menester, entonces, saber distribuir esas migajas de información para que el lector las acumule, y las saboree al llegar a la conclusión de la historia.<br /><br /><br /><div style="text-align:right"><i>© Marcelo Choren – España 2007</i></div>]]></description>            <pubDate>Wed, 28 Nov 2007 12:58:55 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>¡Visite el paraíso!</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2007/11/00012-visite-el-paraiso.html</link>            <description><![CDATA[Dorotea ordenaba el ropero, había planchado durante toda la mañana. Disfrutaba del aroma a suavizante que despedían las prendas aún tibias. Tomó uno de los suéters para hundir la nariz en él. Al devolverlo se le resbaló de la pila y quedó sobre la alfombra. Retorcido, pensó, como la víctima de un asesinato.<br />Se agachó gruñendo. Sus ojos quedaron a la altura del estante inferior. Entonces vio un reflejo, a medias oculto entre las camisas de colores claros.<br />Olvidó la prenda caída y, curiosa, revolvió entre la ropa. Tanteó la calidez del algodón, las durezas redondeadas de una hilera de botones. Sus dedos se encontraron con una superficie fría, satinada. ¿Qué podía ocultarle Alvaro? ¿Una revista? ¡Una revista sucia, con porquerías! Ella jamás se lo habría permitido. ¿Estaría desafiándola?<br />No se trataba de una revista de las que ella había imaginado: playas blancas, mares de un azul profundo, parejas de falsos y demasiado perfectos turistas jugando con una pelota enorme. ¡Visite México, Italia, Grecia, Venezuela!<br />Se sentó sobre el acolchado a rayas, hojeando la publicidad. En una página había un círculo rojo hecho con bolígrafo. Destacaba un nombre: Cancún.<br />La idea de unas vacaciones en ese paraíso la sedujo, pero sólo por un momento: ya se sabe qué cosas reptan por los paraísos.<br />¿Cancún? ¡Otra que Cancún! En veinte años de matrimonio, Alvaro y ella no habían ido más allá de Mar del Plata. Ni siquiera conocían las sierras de Córdoba. Las consideraban lejanas, perdidas en una inmensidad ajena a su propio mundo.<br />Cancún quedaba a miles de kilómetros, en otro planeta. ¿Alvaro pensaba en viajar a México? Algo se enroscó en su garganta, asfixiándola. ¿A Cancún? Imposible.<br />Pero el círculo rojo seguía allí.<br />Una burbuja microscópica ascendió desde un lugar recóndito, creciendo, creciendo... Estalló con un plop inquietante: Alvaro sí planeaba esa salida, pero no con ella.<br />Aturdida, desparramó la revista y las camisas. Envuelta en mil ideas absurdas, vagó por la casa. Se sentaba, volvía a incorporarse, entraba y salía del dormitorio.<br />Se sirvió un Criadores. Le cayó como una bomba, quemando las últimas reservas que había en su corazón. Lamentó haber dejado de fumar.<br />En una nebulosa ambarina, turbia, la serpiente susurraba, la invadía con ideas y sospechas.<br /><br /><br />Alvaro se sorprendió al encontrarse en penumbras. La canción que silbaba murió.<br />—¿Tea? —adelantó la cabeza— ¿Tea, estás ahí?<br />Dio unos pasos por el corredor.<br />En el silencio, un suspiro profundo lo sobresaltó. Encendió las luces y encontró a Dorotea sentada en el sofá. Lo miraba desencajada.<br />Alarmado, dejó sobre la mesa el ramo de rosas rojas. Extendió una mano para acariciarla, ella se crispó esquivándolo.<br />—¡Dejame! —gritó con voz pastosa— ¡No me toqués! ¡Lavate las manos antes de tocarme! ¿Venís de estar con ella? ¡Contestame! ¿Quién es? ¿Cómo se llama?<br />La boca de Alvaro se abrió sin sonidos. Percibió un tufo alcohólico que ya creía olvidado.<br />—Estuviste tomando otra vez.<br />Recién en ese momento descubrió la botella de whisky, faltaba un tercio del contenido. Se pasó la mano por el pelo. Acomodó sus anteojos como si no viera la cara de su mujer.<br />—¡No te hagas el estúpido! ¡Ya sé todo!<br />—¿Qué sabés, mi amor? —Alvaro se detuvo a observarla—. No entiendo. ¿De qué hablás?<br />Dorotea, los ojos desenfocados y opacos, contrajo los labios:<br />—Del viaje, te hablo. De tu viaje. Pero sos demasiado torpe o me creés muy imbécil.<br />Alvaro se dejó caer en un silloncito frente a Dorotea, sin entender. Ella siguió hablando, casi para sí misma.<br />—Toda la tarde imaginando quién es tu amante, el nombre de tu querida.<br />Él miró de reojo la botella.<br />—No sé de qué hablás, Tea, llego con... —señaló el ramo— Traigo... No entiendo nada. —Vio un destello de certeza en la mirada extraviada de su mujer.<br />—Sara —asintió Dorotea—. ¿Es Sara, no? Esa yegua —al nombrarla recordó que más de una vez él le había mencionado la eficiencia de su empleada. A punto de insultarlo, descubrió no podía hacerlo: un cansancio terrible la aplastaba contra los almohadones. Se hubiera desmayado en ese mismo instante si no fuera por los martillazos en sus sienes. Había tomado para darse ánimos, luego para alimentar su ira y encarar a ese... ¡Ese canalla! Bebió las últimas copas porque estaba tan borracha, que no supo cómo detenerse.<br />—Sarita es mi secretaria desde hace cinco años —dijo Alvaro, sacándola de su estupor—, vos la conocés.<br />—¡Creía conocerla! Trajecito sastre, rodete tirante, anteojos como culos de botellas. Sí, señor Alvaro —remedó el tono agudo, destemplado, de su supuesta rival—. No, señor Alvaro. Le hice un cafecito, señor Alvaro. Esa mosquita muerta... Se van de luna de miel, los tortolitos. ¡Nada menos que a Cancún!<br />—¿Cancún? ¿Cancún dijiste? —le nació una risita inquieta, nerviosa; había tristeza en su alivio: en ese momento comprendió.<br />Dorotea sintió un malestar nuevo, sin relación con el whisky.<br />—Sí, ya me oiste —dijo. Captó un rastro de lágrimas en los ojos húmedos de su marido.<br />Alvaro hurgó en un bolsillo interior.<br />Antes de caer sobre la mesa ratona, los pasajes aletearon en el aire.<br />—Veinte años de casados —dijo mirando al suelo—. Siempre postergándote. Siempre dejando todo para después. Primero el trabajo, los negocios. Te merecías algo distinto, Tea. Salir de la rutina. —Se limpió los cristales de los anteojos. Pensó en esa segunda luna de miel, laboriosamente planificada. En la sorpresa que Tea recibiría, según él lo había soñado. Se incorporó, observándola desde arriba. —No te preocupés, vieja —continuó—, mañana los devuelvo. —rozó apenas el pelo enmarañado, ella se hundía en su propia vergüenza.<br />Dorotea le sostuvo la mano con brusquedad. Frotó sus lágrimas contra el dorso cálido, le besó los dedos.<br />—Perdoname —lloriqueó con voz cascada, estúpida, ebria. Hilos de saliva se le adherían a la barbilla temblorosa—. Yo creí. Creía que después de tantos años, ya no...<br />Alvaro no la dejó terminar. Se sentó a su lado abrazándola. Le hizo apoyar la cabeza en su pecho para contener los sollozos, el hipo histérico. La acunó.<br />—Por un momento —le murmuró al oído— pensé que te perdía, ¿sabés?<br />La besó en la frente, en los labios. Suspiró liberando su propia angustia.<br />Cerró los ojos. Con seguridad, no haría falta devolver los pasajes.<br />Abrazado a Dorotea, pensó en Cancún. La imaginó riendo, feliz, tomada de su mano. La suite en el Sheraton. Los paseos al atardecer, a la orilla del mar. El auto alquilado, la excursión a Playa del Carmen.<br />La sencilla perfección del accidente.<br />Sus muestras de desesperación y dolor. Naxos, Mikonos, Sarita.<br />Sarita tomando sol, desnuda, en una playa de Creta.<br /><br /><br /><div style="text-align:right"><i>© Marcelo Choren - Buenos Aires, julio de 2002</i></div>]]></description>            <pubDate>Tue, 27 Nov 2007 21:11:51 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>De cacería</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2007/11/00011-de-caceria.html</link>            <description><![CDATA[—Hasta acá llegamos —dijo Néstor y apagó el motor de la camioneta: una Ford Ranchero destartalada, de guardabarros carcomidos por el óxido—. Ahora hay que caminar hasta el cañadón.<br />La tarde ya se oscurecía en un gris difuso.<br />Los primeros en bajar fueron los mellizos Soldati. Manoseaban sus Greener .375 de doble cañón, capaces de tumbar un rinoceronte. Lucían sonrisas forzadas.<br />Revisé el Winchester que me habían prestado.<br />Hasta los perros de Arizmendi habían enmudecido: dos mestizos enormes, de hocicos largos y cruzados de cicatrices. Al saltar desde la caja de la Ranchero, se quedaron uno bien junto al otro, estremeciendo la piel del lomo y con la cola entre las patas. Miraban a su alrededor y chasqueaban las mandíbulas, tirando dentelladas a algo que no podían ver.<br />La niebla amortiguaba los sonidos en un silencio algodonoso.<br />—Moro, Chungo, tranquilos —Arizmendi desenredaba las traíllas y rascaba los cogotes erizados—. Shhh, no pasa nada.<br />—Es para allá —dijo Néstor, señalando un punto donde la niebla se volvía más cerrada—. Hay que apurarse, en una hora sale la luna. ¿Ya comprobaron las armas? ¿Vos, Teodoro?<br />Dije que sí.<br />Me ubicaron entre Arizmendi y uno de los Soldati; y avanzamos en abanico.<br />—No se separen demasiado —Néstor daba las indicaciones con voz tajante—. No se alejen mucho de sus compañeros.<br />El terreno rezumaba y, cada vez que levantaba un pie del barro, había un sonido de succión. Al adentrarnos en el bajío, las cortaderas surgían de la nada como formas que se alzaran de golpe.<br />Arizmendi, tironeaba de las correas.<br />—¿Qué les pasa a esos perros? —dije.<br />—Lo huelen —dijo, y se palpó la nariz, que yo sabía bulbosa, cruzada de venillas azules—. Parece un rastro bastante fresco, de ayer. ¿Usted no siente el olor?<br />—No sé qué tengo que oler —dije.<br />—¡Mi madre! ¿Es su primer lobisón, no?<br />—Sí —dije—. Pero ya he cazado pumas y jabalíes.<br />—¡Como si esto fuera lo mismo! —dijo Arizmendi—. Huela, hombre. Huélalo antes de que él lo huela usted.<br />Aspiré hondo en el aire húmedo. Percibí una fetidez dulzona, de carroña, de animal muerto. Fruncí la boca.<br />—Carne podrida —dije.<br />Arizmendi asintió.<br />—Ese es el olor del lobisón.<br />—Ya lo sé —dije, y se me aflautó la voz—. Tampoco soy un idiota.<br />—¿Tiene a mano su antorcha de azufre?<br />Se la mostré.<br />—Bueno, si escucha ruidos sospechosos y no ve nada, préndala y sosténgala firme. No se olvide que si el lobisón lo araña o lo muerde, lo habrá infectado.<br />—Le contagia la licantropía —dije como si repitiera una lección.<br />—Se la contagia —dijo—. Es preferible la muerte.<br />—Callate, Arizmendi —la voz de Néstor me llegó desde algún punto a mi derecha—. Mejor cuidá a esos animales, no sea cosa que te los despanzurren en un dos por tres.<br />Arizmendi refunfuñó que él sabía cuidar muy bien de sus perros y que nadie le había avisado de que yo era un novato.<br />Decidí ignorarlo.<br />Sin embargo, Arizmendi debía necesitar un interlocutor para descargar sus nervios.<br />—Escuche, Teodoro —insistió—: el lobisón va a cruzar por la hondonada. Hace tiempo que lo venimos rastreando. Es joven y muy fuerte, ¿me entiende? Muy fuerte. Así que no se distraiga, él es capaz de dar saltos de ocho o diez metros y correr como un caballo.<br />—Todo eso ya me lo anticipó Néstor —protesté— ¿Qué le hace pensar que ese lobisón tan tremebundo va a venir por acá? <br />Arizmendi meneó la cabeza.<br />—Cuando es lobisón no tiene más inteligencia que un animal. Instinto, eso es lo que tiene, y más aguzado que el de cualquier puma de esos que usted dice haber cazado. En su fase humana es inteligente pero débil, tan débil como cualquiera de nosotros.<br />—Ya escuché esa cantinela —dije—. Y no me contestó: ¿por qué está tan seguro de que vendrá por esta hondonada?<br />—Porque lo cebamos, por eso lo sé. Lo alimentamos con corderos y con alguna vaca vieja. Y le marcamos una senda encendiendo azufre a los costados.<br />Oí un silbido largo y me paralicé.<br />—Vino de allá —susurró Arizmendi—. Por donde andaba Francisco, uno de los dos Soldati. Debe haber encontrado algo.<br />Néstor nos llamó con un chistido, y convergimos sobre un punto de la hondonada.<br />—Miren —dijo el mellizo, que apareció en medio de la niebla como un fantasma—. Miren acá.<br />Un claro momentáneo en la bruma me dejó ver el pajonal aplastado, con manchas negruzcas y salpicaduras coaguladas. Tropecé con algo: un hueso roído a medias. Más allá, una cabeza de novillo partida a lo largo y sin la lengua, pedazos de carne desgarrados.<br />El hedor del lobisón me ahogaba; el estómago se me contrajo y apreté los dientes.<br />—Parece que con lo que le dieron no le alcanza —dijo el Soldati que nos había llamado. Y su hermano asintió.<br />—Necesita matar —dijo.<br />—Necesita matar —dijo el otro.<br />—Ya salió la luna —Néstor señalaba hacia el este.<br />Todavía era un resplandor amarillento, una forma insinuada en la bruma opaca, que se había vuelto a cerrar.<br />Los perros olisquearon el lugar de la matanza. De nuevo Arizmendi tuvo que calmarlos con caricias y palabras.<br />—A partir de ahora, mucho cuidado —dijo. Miraba en torno—. Va a venir en cualquier momento.<br />Los perros luchaban por adelantarse en la oscuridad. Arañaban el terreno y se colgaban de las correas, la lengua colgando y los músculos como alambres. ¿Cuánto tiempo más podría sofrenarlos Arizmendi?<br />—Separémonos de nuevo —dijo Néstor—. Avancemos un poco más.<br />—Si viene de allá—dije apuntando a lo más cerrado de la hondonada—, vamos a quedar entre el lobisón y los restos del novillo.<br />Néstor dijo que sí. Mientras, metía una bala en la recámara de su FAL. Que entre medio del lobisón y del novillo íbamos a quedar, dijo. Y soltó la corredera.<br />Nos internamos un centenar de pasos. El agua me llegaba a los tobillos, helándome los pies. Los pastos duros me arañaban las piernas.<br />Ahora, Arizmendi y sus perros eran sombras en medio de la niebla. El Soldati a mi izquierda parecía un espectro que avanzaba agazapado. Hizo señas de que nos detuviéramos.<br />Miré a mi derecha y ya no vi a Arizmendi. Susurré su nombre y el de los perros, sin respuesta. El Soldati seguía gesticulando y entendí que quería que me acuclillara.<br />Me agaché en medio de una gran mata de paja brava.<br />Una masa oscura pasó frente a mis ojos, rozándome la cara. Salté hacia atrás y caí de espaldas en el agua, antes de reconocer las formas de una lechuza.<br />Todavía con el corazón sobresaltado, tuve que tantear hasta que toqué la culata embarrada del Winchester. Me pregunté si todavía funcionaría y si sería efectivo.<br />En ese momento imaginé a los antiguos cazadores de lobisones con sus balas de plata, y sus caras de sorpresa al ver cómo los proyectiles se aplastaban contra el cuero de la bestia. Habrían pagado bien caro por sus supersticiones.<br />En algún lugar, los perros ladraron.<br />Ladridos furiosos.<br />Los ahogó un rugido bajo y un aullido que me erizó el pelo de la nuca. Accioné la palanca del Winchester resbaloso. Me acordé de la antorcha de azufre, pero no me atreví a distraerme encendiéndola.<br />¡Pam! A mi derecha, pero lejos: Néstor o el mellizo Francisco, calculé.<br />¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! Y un grito. Un grito que se cortó de golpe.<br />Más ladridos. Y voces. Reconocí la de Arizmendi, llamando a los perros; y la de Néstor llamando al otro mellizo, el que había encontrado al novillo masacrado.<br />Tembloroso, encendí la antorcha. Me valí de su luz amarillenta para moverme, el humo sulfuroso me sofocaba. La mantuve en alto mientras trataba de orientarme. El mellizo que permanecía a mi izquierda se me acercó, traía su propia antorcha encendida.<br />—Andan por aquel lado —dijo, y caminó adelante mío—. Vamos.<br />Lo seguí de cerca, dando vuelta la cabeza a cada paso. Algo, una mano helada, una garra, parecía tirar de mi ropa. Me pregunté si unas balas de plata me habrían dado más confianza que las de punta hueca que llevaba en el cargador.<br />Hubo un chillido. Y el grito de Arizmendi:<br />—¡Chungo!<br />¡Pam! ¡Pam! Mucho más cerca.<br />El tufo del lobisón era tan espeso como la niebla misma. Respiré con fuerza.<br />El mellizo se volvió hacia mí, la antorcha le amarilleaba la cara contraída.<br />—Nos está cazando —dijo, la voz como un graznido—. El hijo de puta nos está cazando a nosotros.<br />Apenas se veía a unos metros. Más allá, oí pastos aplastados, gruñidos sordos, de lucha. El gemido interminable de un perro. Quizá de un perro.<br />El mellizo corrió hacia el lugar de donde parecían provenir los ruidos, lo perdí en la bruma.<br />Corrí yo también, chapoteando, tropezándome con la vegetación podrida.<br />Sentí como un lanzazo en la pierna. El dolor me arrodilló. La antorcha ya parpadeaba, pero pude distinguir un pedazo de tacuara que me atravesaba el muslo.<br />Me encontraba en un claro, en medio de un pajonal tupido.<br />Arranqué la caña y traté de restañar la sangre con el pañuelo.<br />Llamé a los gritos y sentí a Néstor que me contestaba: no pude identificar desde dónde.<br />Anduve medio a los saltos, medio arrastrándome, hasta que el cansancio no me permitió dar ni otro paso.<br />La antorcha se apagó, y quedé cegado hasta que me acostumbré a la oscuridad lechosa que producía la luna llena.<br />Al rato me pareció distinguir un punto de luz anaranjada, ¿otra antorcha?<br />—¿Soldati? ¿Néstor? Soy yo —dije—, Teodoro.<br />Entonces distinguí otro punto de luz, a la misma altura que el primero. Se acercaban a mí.<br />Había una pestilencia densa, que repelía y daba ganas de aspirarla al mismo tiempo. Yo no podía dejar de mirar las luces anaranjadas, en su interior había chispas verdes que giraban y sendos puntos rojos, como brasas de cigarrillo.<br />Fascinado, advertí que yo levantaba el Winchester hasta mi cadera y apretaba el gatillo. Mis manos parecían pensar por sí mismas: apalancaban el cerrojo y volvían a disparar. Los tiros me sonaban apagados como estallidos de bolsas de papel.<br />Una silueta se perfiló en torno a las dos luces, y una respiración de fragua me quemó la cara.<br />Click.<br />Así hizo el Winchester: Click, click, y lo dejé caer. Tardó una eternidad en llegar al suelo y hundirse.<br />En ese momento pensé que no habría nada mejor que cerrar los ojos y dormir. Enrollar el cuerpo y dormir.<br />La pierna herida no me dolía en absoluto. Me extrañó que no me sostuviera y que, mucho después, mi cara golpeara contra el barro. Pero eso tampoco me dolió.<br /><br /><br />—¿... tás bien, Teodoro? —el lobisón seguía clavándome los ojos anaranjados—. ¿Me escuchás?<br />Su voz me recordaba a la de Néstor. Creo que grité.<br />—Tranquilo, viejo. Soy yo.<br />Y era Néstor, que me daba palmadas en las mejillas.<br />Una raya violeta anunciaba el día. La luna era un disco pálido, pronto a desaparecer.<br />Quise sentarme. Néstor me sostuvo. Me incliné hacia un costado y vomité.<br />—Tome un poco de agua, jefe —reconocí a Arizmendi, que me tendía su cantimplora.<br />Néstor se internó en el fachinal. Alguien, fuera de mi vista, parecía llorar.<br />Me enjuagué la boca. Miré mi muslo derecho: semejaba un jamón atado con trapos sucios, y latía de dolor.<br />—Veo que se vendó la herida —dijo—, quizá haya que llevarlo al médico para que la desinfecte y la cosa. ¿Eso se lo hizo el lobisón?<br />—Se me clavó una tacuara—dije, y después pregunté si yo lo había matado.<br />—¿A quién? ¿Al lobisón? No, no le pegó ni un tiro.<br />—¿Y entonces?<br />—Yo lo maté —dijo Arizmendi. Se humedeció los labios como si se relamiera y repitió:— Yo lo maté. Justo cuando ya se le echaba encima a usted, lo maté.<br />El día nos alcanzaba con un sol enfermizo. Acomodé la venda improvisada lo mejor que pude, extendiendo el pañuelo pegajoso de sangre y barro.<br />—Déme una mano —dije—. Ayúdeme a levantarme, quiero ver al animal. ¿Qué son esos gemidos?<br />Apoyado en Arizmendi esperé a que se me pasara el mareo. Di unos pasos inseguros hasta un matorral de juncos.<br />Allí lo vi. Vi su cuerpo musculoso y deforme: los hombros anchos, la giba, los brazos desproporcionados, las garras, los colmillos. Una baba espesa se le enredaba en las cerdas del pecho. Los ojos eran de un anaranjado opaco.<br />—Ahora no parece tan terrible —dije.<br />—Ahora, no—dijo Arizmendi. Y me señaló los despojos de uno de sus perros, Chungo o Moro, no supe reconocerlo, abierto en canal y enredado en sus propias tripas.<br />—Al otro lo partió en dos —agregó en voz baja.<br />—¿Quién llora? —repetí.<br />—Francisco —dijo—. El lobisón mató al hermano.<br />Al rato rodeamos el fachinal. El cadáver del mellizo muerto parecía un muñeco descalabrado. Francisco lloraba de espaldas a él, y Néstor, apoyándole una mano en el hombro le hablaba en voz baja. No entendí las palabras, pero vi que el Soldati sobreviviente le ofrecía su Magnum .357, y que asentía.<br />Entonces noté la cortadura en el brazo de Arizmendi: iba desde el dorso de la mano hasta el codo. Un surco profundo, de bordes irregulares. A los lados ya le aparecían unos pelos negros, cerdosos.<br />Quise hablar, pero una mirada suya me enmudeció. Me salió un suspiro entrecortado. Arizmendi me sostenía por un brazo, y sus dedos eran un torniquete.<br />Néstor se nos acercó.<br />—Llévese a Teodoro hasta el pueblo —le dijo—. Nosotros nos vamos a quedar un rato a limpiar este desastre.<br />Arizmendi dijo que sí con un gruñido.<br />Apenas darle las espaldas me sobresaltó el estampido.<br />Un jugo oscuro y nauseabundo me salpicó. El cuerpo de Arizmendi, sin media cabeza, continuó erguido por unos instantes como sostenido por hilos. Y se derrumbó a mi lado.<br />—¡Mierda! —dijo Néstor—. Casi se me escapa. Si no llego a verle el brazo herido...<br />—Sí —dije—. Menos mal que lo reventaste. Yo no me había dado cuenta de lo que era.<br />—¿Querés que te acompañe hasta la camioneta?<br />—No —le dije. Di unos pasos y me dejé caer sobre una mata de yuyos medio pisoteada—. Los espero acá. Igual ya me siento mejor.<br />Mientras Néstor se alejaba observé que dos o tres cerdas pardas, similares a las que había visto en Arizmendi, se asomaban entre los trapos ensangrentados que me vendaban la pierna.<br />—¡Ya me siento mejor! —le grité.<br />Néstor se dio la vuelta y me miró. Lo saludé con la mano. Después se encogió de hombros y continuó su camino hacia donde lo esperaba el mellizo Soldati.<br />—¡Mucho mejor! —volví a gritarle.<br />Y era la más pura verdad.<br /><br /><div style="text-align:right"><i>© Marcelo Choren - Buenos Aires, julio de 2005<br /></i></div>]]></description>            <pubDate>Tue, 27 Nov 2007 21:08:24 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>Dos manchas blancas</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2007/11/00010-dos-manchas-blancas.html</link>            <description><![CDATA[Esta vez, frente a mí, solo habrá un invitado.<br />Nada de juerga, mujeres, ni los cinco infaltables colados que nadie conoce. No habrá parejas encerradas en mi dormitorio, y tampoco traerán a la camarera del Dragón Azul envuelta en celofán, como la última vez.<br />Mi fiesta de cumpleaños será distinta.<br />Alquilé un cabaret en Corrientes y Esmeralda, hice que lo cerraran para mí. Mis amigos deberán esperar hasta el año que viene.<br />Llega la noche. Me pongo un smoking impecable, comprado para la ocasión. Zapatos nuevos y moño de lazo. La camisa es de voile suizo y llevo gemelos de oro. Estoy listo.<br /><br />Cuando bajo del Lexus que me ha traído hasta aquí, noto que la gente se detiene a mirarme: mi vestimenta arranca sonrisas burlonas en los transeúntes.<br />Me recibe Benny Goodman. Sacaron todas las mesas menos una, cerca del escenario. La penumbra es suave, suena un blues. Mi invitado ya llegó.<br />Me espera en el centro del salón. También de smoking, fuma un cigarrillo. Por el aroma se me antoja un Camel, americano. Cuando me acerco, observa crítico mi aspecto y me endereza el moño.<br />Nos sentamos.<br />Entra una orquesta de jazz. Están Glenn Miller, Tom y Jimmy Dorsey, Artie Shaw, Gene Cruppa, Lionel Hampton.<br />Vestida de gasa, Sarah Vaughan trae una champagnera de plata, donde se enfría una botella de extra brut. Lo sirve en unas copas anchas, antiguas. Está en el punto justo: fresco, no helado.<br />Los músicos se pasean por "Empalme Tuxedo", están de "Buen Humor", "Bailando en el Savoy", regalan un “Collar de Perlas”. Nosotros dos departimos en voz baja, acercando las cabezas. Hace mucho tiempo que nos debíamos esta conversación.<br />Del bolsillo, saco dos habanos. Los encendemos creando una nube azulada. Pido otra botella. Ellington la trae. Mientras la destapa, el Duke lleva el ritmo con el pie.<br />En el intervalo, Sarah canta a capela “Summertime” y “La calle del Delfín Verde”. La Fitzgerald sigue con "Brillo", "Indecisa" y "Tres Pequeñas Palabras". Lester Young la acompaña en el saxo. Harry James se ocupa de que las copas no estén vacías.<br />Empieza el último número. Louis Armstrong toca "Dulce Georgia Brown", con "El Paso del Tigre" nos lleva a un “Mundo Maravilloso”. No dejo que Harry se acerque y sirvo la última ronda. Louis termina con "La Vida en Rosa".<br />Nos levantamos.<br />En la puerta, Rita Hayworth nos despide: acomodando en las solapas de raso, sendos claveles rojos.<br />Entre la llovizna, Corrientes resplandece de sodio y neón. Caminamos hacia el Luna Park. Lo acompaño hasta Reconquista<br />Y allí nos abrazamos.<br />Se despide con una palmada en la cara.<br />—Cuidate, Marce.<br />—Hasta luego —digo—. Hasta luego, papá.<br />Lo sigo con la mirada. Baja la pendiente hasta Alem. Cuando en medio de la avenida se difumina a cada paso: las alas en su espalda son apenas dos manchas blancas.<br /><br /><br /><div style="text-align:right"><i>© Marcelo Choren - Buenos Aires, Marzo de 2002</i></div>]]></description>            <pubDate>Tue, 27 Nov 2007 21:04:06 +0100</pubDate>        </item>        <item>            <title>La cocina</title>            <link>http://marcelochoren.blogcindario.com/2007/11/00009-la-cocina.html</link>            <description><![CDATA[Le pareció enorme, desproporcionada con el resto de la casa. Tal como se lo habían advertido los dos ancianos caballeros, la mesada de mármol ocupaba el centro de aquella inmensa cocina. El horno permitía alojar un cerdo entero. De una hilera de ganchos colgaban ollas, coladores, sartenes, pinches. Y cuchillos. Cuchillos de tronchar, de destasar; medialunas, cimitarras de acero forjado; hachuelas capaces de partir un espinazo de cordero. Todo relucía, lanzándole destellos.<br /><br />Jazmín se imaginó trajinando allí, y asintió.<br /><br />La heladera rebosaba de verduras frescas, frutas y aderezos. Dentro del congelador, grande como un sarcófago, piezas de carne envueltas en plástico blanco. Al abrir las alacenas, cientos de frascos con especias, que la embriagaron de sus aromas. El mueble de la vajilla le mostró platos de porcelana inglesa, copas de cristal. Encontró manteles de hilo, bordados a mano. En la bodega descubrió vinos blancos, tintos, espumantes. Los vejetes sabían vivir. Giró con los brazos estirados, como si danzara.<br /><br />—¿Qué le parece? —la sobresaltó la voz del mayor, a sus espaldas.<br />—¡Maravillosa! —dijo.<br />Y se dio vuelta.<br /><br />Los dos sonreían y la contemplaban desde la única entrada. Se habían colocado mandiles de cuero sobre mamelucos manchados. <br /><br />Las botas de goma, las antiparras plásticas y los guantes naranja los volvían irreales, siniestros. En sus manos relumbraban bisturíes.<br /><br />Jazmín entendió lo que vendría, y el horror la amordazó.<br /><br />—¿Maravillosa? —dijo el más delgado—. Me alegra que le guste —y dio el primer paso hacia ella—. La cocina es nuestro orgullo.<br /><br /><br /><div style="text-align:right"><i>© Marcelo Choren - Buenos Aires, noviembre de 2002</i></div>]]></description>            <pubDate>Tue, 27 Nov 2007 16:21:40 +0100</pubDate>        </item>    </channel></rss>