Palpé el Colt .38, que se disimulaba bien bajo el abrigo y, por última vez, consulté el papel donde había anotado un nombre y un número.
Me afligía un cansancio malhumorado, infinito. El agobio de mil noches en vela, rumiando.
Rumiando...
Luego de apearme del tren, me demoré hasta que el convoy reemprendió su marcha. La estación Fuentedeoro era, apenas, una plataforma de cemento con una casilla para el vendedor de billetes. El sol de noviembre se reflejaba en los raíles fríos.
Crucé por una plaza con aspecto de abandono, entre un subibaja roto y un columpio que colgaba de una sola cadena. Compré los rollos de anís en una panadería, y obtuve noticias sobre la dirección que buscaba.
Ya en marcha, pasé frente a algunas viviendas de pretenciosa elegancia pueblerina, otras más modestas, masías bordeadas de ligustro, casuchas, yermos. Ante mí, terminado el asfalto, la calle se transformaba en dos huellas secas, bordeadas de cardos y matas de romero. Allí, mis pasos sonaban apagados, irregulares, como si avanzara a tropezones. Comprendí, entonces, que no era yo quien empujaba hacia delante, sino el revólver que tiraba de mí.
La casita que yo buscaba destacaba del resto, un puñado de construcciones con los techos mal remendados. Se la veía más cuidada, y se notaba que no hacía mucho le habían lavado la cara con cal. Era la única con jardín y cerco. Desde allí hasta la puerta, una doble línea de rosales bordeaba un camino de piedras asentadas sobre barro.
Me detuve un momento y aspiré; flotaban aromas a hierba recién cortada, a humo de leña.
Cuando me disponía a entrar, creí ver un movimiento brusco en los visillos de la ventana. También me llegó el ladrido de un perro desde, supuse, los fondos de la casa.
Empujé el portón bajo, y anduve hasta la puerta.
Llamé con los nudillos.
—¡Tú! ¡Aquí!
Sonia se quedó mirándome. De lo que yo me acordaba sólo pude rescatar sus ojos oscuros. Pero era ella, sí. Se le notaba el paso del tiempo en las comisuras caídas, en los mechones mal teñidos, en el gesto agrio.
—¿Puedo entrar? —dije.
Echó un vistazo furtivo hacia el interior de la casa. Volvió a mirarme, ahora con más detenimiento. La sorpresa había dado paso al recelo.
—¿Qué haces aquí?
—Pasaba a saludar.
De nuevo ladró un perro. Otro, más lejano, le contestó.
—¡A saludar! —se lamió los labios cuarteados—. ¿Veinte años sin vernos, y pasas “a saludar”?
—Traje unos rollos —exhibí la bolsa de papel madera—. De anís, como a ti te gustan.
Apoyó los puños en su cadera de mulata.
—Ya no me gustan —dijo—. Me los prohibió el médico.
—No importa —continué implacable—, los comeré yo. Me irían bien, acompañados con una taza de café. ¿Tienes café?
El perro no paraba de ladrar.
Se hizo a un lado. Con un gesto me señaló una sala minúscula, a la derecha de la entrada. Al fondo se veía una cocina amplia.
—Entra.
Observé la salita: muebles viejos, casi destartalados pero limpios. Se advertía el olor de la cera. Sobre la mesa, un tapete de hilo bordado, y encima, un jarrón con flores de plástico.
—Siéntate en esta —dijo, y dio dos palmadas sobre una silla—. Es la más sana. Voy a calentar agua. ¿Amargo, el café?
—Amargo —dije—. Amargo como la vida.
—Sabrás mucho de amarguras, tú —replicó, ya de camino a la cocina—. Se te ve muy bien para hablar de amarguras.
—No creas —dije. En un impulso fui tras ella—. La vida nos golpea a todos. ¿Te molesta si nos quedamos aquí? No me acostumbro a los ambientes demasiado formales. Prefiero ubicarme junto al fogón.
Sonia se encogió de hombros. Arrastré una banqueta y me senté frente a la ventana. Distinguí unas cuantas gallinas picoteando en un patio de tierra apisonada. Hacia el fondo, una construcción hecha de tablas viejas. Imaginé que se trataría del gallinero.
—Bueno —dijo. Se encontraba de espaldas a mí, noté que sus hombros se habían hundido—. Ya dejé que entraras, y te preparo el café como acostumbras. O acostumbrabas, no sé. Ahora dime a qué has venido.
Encendí un Ducados, apagué el fósforo con la primera bocanada de humo.
—Usa esto —dijo, y me tendió un cenicero azul, de latón. En el borde se leía “Cinzano”.
De una alacena sacó un tazón de metal enlozado. Preparó el café, dejando caer dos cucharadas grandes en la cafetera. Luego la puso sobre el hornillo encendido y se restregó las palmas carnosas. Yo abrí la bolsa, tomé un rollo, y lo mordí. Mastiqué despacio, saboreándolo. Mientras, pensaba en qué decirle.
Supe que sería inútil darle vueltas a la conversación.
—¿Dónde está Marcial?
—Me lo imaginaba —dijo, y me enfrentó—. Tú no puedes aparecer de repente, y con buenas intenciones.
—No malinterpretes.
—No malinterpreto nada —dijo. La cafetera interrumpió con un gorgoteo bajo. Sonia cortó el gas, y el sonido se apagó poco a poco—. ¿Vienes a matarlo? ¿Vienes a saldar una deuda de hace qué sé yo cuántos años?
—No —dije—. No vine a eso. Sólo pregunté dónde estaba.
—No sé —dijo. Un relámpago le cruzó los ojos achinados. Supe que mentía—. Hace tiempo que no viene por la casa.
—Lástima —dije al rato—. Necesito hablar con él.
—Así, porque sí —dijo. Siguió mi mirada, fija en el gallinero—. Un buen día se te ocurre que necesitas hablar con Marcial, y te das una vuelta por el barrio.
La miré a la cara. Le habían aparecido gotitas bajo la nariz, un bigote húmedo.
—¿Tienes calor?
—¿Por qué lo preguntas?
—Estás sudando —dije.
—Es por el fuego —dijo, y volvió a darme la espalda.
En algún momento, no supe precisar cuándo, el perro se había callado.
Me tendió el tazón, y di unos sorbos. Volví a concentrarme en el gallinero, en el hueco que hacía las veces de puerta, en las rendijas entre las tablas.
—¿Tenéis hijos? —pregunté.
—Dos —la voz de Sonia sonó insegura—. El mayor ya va a la universidad.
—¿Y qué estudia?
—Quiere ser abogado —dijo, y jugueteó con un estropajo amarillo.
—¿No me acompañas con el café?
—No.
Me encogí de hombros. Sostuve la taza esmaltada con la punta de los dedos, para no quemarme.
—Debe estar cagándose de frío, ahí fuera.
—¿Quién? —dijo demasiado alto, demasiado sobresaltada.
—Ve allí —le dije, y señalé el gallinero con la barbilla—. Llámalo.
—No sé de qué hablas —entornó los párpados. Le temblaba la papada. No había notado que Sonia tenía papada. Los años son crueles.
—Llámalo —repetí—. Y quédate tranquila, no va a pasar nada.
Sonia rompió a llorar. Nunca la había visto llorar, ni siquiera en nuestro último encuentro, ya perdido en el tiempo. Lloraba sin pudor, sin taparse la cara, sin secarse las lágrimas, frunciendo los labios. Esperé a que se serenara.
—Trabaja en un taller mecánico —dijo—. Desde hace mucho. Es tornero. Se desloma quince horas por día, de lunes a sábado, ¿sabes? Yo friego pisos en tres casas cerca de la estación del tren. Ya ves cómo vivimos, pero los críos tienen una educación, un futuro.
—Llámalo.
—Por favor.
—Llámalo.
Marcial vestía un mameluco de un azul desvaído. Se le habían pegado plumas y mierda de gallina en sus zapatones de trabajo. Los ojos parecían empañados y vidriosos al mismo tiempo. La vista por encima de mi cabeza, como un hombre que mirara hacia el pelotón de fusilamiento.
—Pisaste mierda —le dije.
—¿Qué?
—Que pisaste mierda, en el gallinero.
Inclinó la cabeza, como si meditara mis palabras. Detrás de él, Sonia se estrujaba el dobladillo del suéter. Había dejado de llorar, pero en sus mejillas se advertían los surcos de las lágrimas.
—¿Has venido a cobrar? —la voz de Marcial se aflautó—. Has venido a cobrar.
—¿A cobrar? —dije—. ¿Es que me debías algo?
—Sonia —dijo Marcial—, déjanos solos.
—No, que se quede. Acaba de preparar un buen café.
—Deja que se vaya —dijo—. Ella...
—No.
Le tendí la bolsa, que ya mostraba manchas de grasa.
—Sírvete —dije—, para acompañar este café tan bueno.
Negó con un gesto, como si apartara una telaraña. Era una mano callosa, con una filigrana de cicatrices. Acercó una silla y se sentó en la punta. Cruzó los brazos, y bajó la barbilla sin afeitar.
Sonia tanteó la cafetera, probando la temperatura. Su cara parecía barro cocido al sol.
Apuré el resto del café y le devolví el tazón.
Los segundos caían como bloques de cemento, se apilaban sobre el Colt, que se me hacía más y más pesado.
Prendí otro Ducados, y dejé el paquete sobre el borde de la mesa.
La nuez de Marcial subía y bajaba. Esperaría una sentencia, supuse,
—¿Por qué? —dije después de un rato.
—¿Por qué? —repitió Marcial—. ¿Por qué, qué?
—¿Por qué me delataste? Éramos amigos —dije—, y me delataste. Me pasé casi dieciocho años a la sombra. ¿Fue por ella? —Señalé a Sonia, que temblaba, y volcó la cafetera—. Dime, Marcial, dime qué motivo tenías, qué razón tan fuerte, como para dejar que me pudriera en una celda.
Marcial apretó los párpados y asintió con lentitud, Se pasó los dedos por el pelo, que ya no era rubio sino gris, y se humedeció los labios.
—Sabía que este momento iba a llegar —dijo, con los ojos todavía cerrados. Su voz parecía venir desde lejos, desde un pozo profundo, oscuro y estrecho—. Lo sabía, y quise creer, quise imaginar, que no ibas a buscarnos, que nos dejarías en paz.
—Y os dejé en paz —dije—. Veinte años de paz. Mientras, yo estaba de vacaciones a la fuerza. No me llegaron tus cartas, seguro que anotaste mal la dirección de mi “hotel”.
—¡Ya basta! —Sonia arrojó el tazón sobre la pileta. Rebotó con un golpe sordo—. ¡Basta! ¡Yo te denuncié! ¡Fui yo!
Me quedé contemplándola, incapaz de creerle, pero presintiendo que ahora decía la verdad.
—No —dije—. Fue él. Tú eras mía. —Esas tres palabras me rasparon la garganta—. Tú eras mía...
—Fui yo.
—Mientes para salvarlo —me descubrí al borde de la súplica—. El chivatazo lo dio él.
Sonia se acercó, los ojos como dos ranuras. Apoyó una mano sobre el hombro de Marcial, que la cubrió con la suya.
—Contigo no había futuro —dijo Sonia—. Ibas a terminar muerto. Tanto asalto, tanto robo, tanto tiroteo con la policía. Si hasta creo que te salvé la vida.
—Nos queríamos —dije—, íbamos a comernos el mundo.
—No. Yo ya no te quería, tenía miedo. ¿Entiendes? Tenía miedo de ti, que dormías con una pistola en la mano, que enloquecías si alguien te miraba por la calle.
—Este —señalé a Marcial—. Este andaba conmigo, no es trigo limpio.
—Él también te temía —dijo Sonia—, no se atrevía a contradecirte, ni a insinuar que quería salir de todo eso. Míralo. Pero míralo bien, ¿eh? Todavía le dura ese miedo que te tiene.
—Entonces decidiste entregarme, y quedarte con el más bueno...
—Decidí que ya estaba bien de andar escondiéndose, que ya estaba bien de vivir en un sobresalto —Sonia seguía clavándome la mirada. Acercó su cara a la mía—. ¿Y sabes qué otra cosa decidí? Que había que pararte por tu propio bien. Aunque eso significara que fueras a la cárcel. Lo de Marcial y yo... eso vino después.
—O sea que —no supe muy bien cómo seguir—, todos estos años... Yo creí...
Oí pasos. El sonido me llegaba distante. Sentía la cabeza embotada, como después de una borrachera. Me volví hacia la entrada de la cocina.
Un muchacho nos observaba.
Sus facciones eran una copia de las de su madre. Los mismos pómulos altos, la nariz recta.
—Hola —dijo, inseguro—. Hola, mamá. Papá... —Me miró desde sus casi dos metros, y frunció el entrecejo—. ¿Señor?
—Un amigo de la familia —dije, carraspeando.
—Es un conocido —se apuró Sonia—. Un conocido de otros tiempos.
Me puse de pie. Marcial me imitó, pero se quedó junto a la mesa.
—¿Me perdí algo? —el chico se dirigió a Marcial—. ¿Papá?
—Ya me iba —dije.
No hubo manos tendidas.
El muchacho me llevaba una buena cabeza de ventaja, y seguía escrutando nuestras caras. Las de Sonia y Marcial parecían de tiza. Habló sin mirarme.
—No me parece que sea un amigo —dijo.
—Sólo pasé un momento, a saludar —ahora el chico me observaba, los labios apretados—. ¿Cómo te llamas?
—Alfonso, ¿por qué?
—¿Alfonso? —miré a Sonia, a Marcial—. ¿Le pusisteis Alfonso?
—¿Qué pasa? ¿Le hace gracia mi nombre?
—No —le dije—. Sólo que no me lo esperaba. —Busqué donde apoyarme, no había nada. Tuve miedo de que me leyera la cara. Tragué—. ¿Eres el que estudia abogacía, verdad?
—¿Y eso?
—Tu madre está muy orgullosa de ti —la cocina se había convertido en un carrusel. Respiré hondo—. ¿Y tu hermano? ¿Qué quiere ser tu hermano?
—Lo de toda la vida —dijo, como si yo lo supiera—. Quiere ser mecánico, igual que mi padre.
—Os felicito —alcancé a decir—. ¿Me indicas el camino a la calle?
Alfonso se hizo a un lado. Todavía se le notaba la tensión en los músculos de la mandíbula.
Eché una última mirada a Sonia. Le brillaban los ojos de nuevo. Supe que esta vez no lloraba por Marcial.
En la puerta quise cambiar unas palabras con el joven, llevarme el timbre de su voz.
—¿Eres buen estudiante?
—¿Le importa?
—Pregunté por curiosidad —dije, llenándome los ojos de él, de sus hombros anchos, de su pelo encrespado. Era un muchacho magnífico.
—Creo que lo mejor es que no vuelva —dijo—. No sé el motivo de su visita, ni tampoco me interesa. Pero, mejor, no vuelva nunca más.
—No te preocupes —me mordí para no pronunciar su nombre—. No volverás a verme. En la cocina quedaron unos rollos de anís, quizá te gusten...
Alfonso dio un paso atrás y me cerró la puerta en la cara.
Caminé por las calles terrosas. Había que desandar diez manzanas hasta la estación Fuentedeoro. Levanté la cara hacia un cielo de plomo.
En una acequia dejé caer el revólver.
Con un sonido de piedra, se hundió en el agua turbia.
© Marcelo Choren – España 2009