sábado, 11 de julio de 2009

“Nos felicito, a ustedes primero, miembros de la Academia Argentina de Letras, después a nosotras, por la resolución que han tomado de incluir a la mujer entre sus colegas. Los felicito a ustedes primero porque motu propio han vencido un prejuicio, porque si bien nosotras hemos hecho campañas para el voto y otros derechos que no compartimos con ustedes, no he oído hablar de campañas, aquí, para entrar en la Academia. De modo que no han cedido ustedes a ninguna presión. Dentro de cuanto significa la Academia para la cultura del país, éste es un hecho histórico.

Algunos de mis intelectuales colegas recordarán que hace varios años que me invitaron a formar parte de la institución. Rehusé. Rehusé por juzgarme poco adecuada a estas actividades.

¿Por qué entonces, dirán ustedes, he aceptado lo que no acepté hace unos años? Porque me convencieron de que mi negativa podía bloquearles, momentáneamente, la entrada a la Academia a quienes considero aptas para el cargo. ¿Por qué, volverán a insistir, me imagino yo que puedo bloquear la entrada? Por lo ya mencionado: supersticiones.

Hasta hace poco, escribía Virginia Woolf, las estudiantes no podían pisar ni el césped de las grandes universidades inglesas reservadas a los estudiantes. Esto dará una idea del trayecto recorrido por una mujer un poco menor que Virginia para llegar al sillón de Alberdi, en 1977. A ella le dediqué, en 1934, el primer tomo de “Testimonios”, publicado por la Revista de Occidente. Ella me animó a escribir, aunque sin saber a ciencia cierta a quién le aconsejaba tan delicada tarea. No leía en español. Pero deseaba que las mujeres se expresaran en cualquier idioma, en cualquier país, sobre cualquier tema, por trivial o por vasto que pareciese. En mi dedicatoria le decía yo: “Usted da gran importancia a que las mujeres se expresen por escrito. Las anima a que escriban toda clase de libros, sin vacilar ante ningún tema… Piensa usted que los libros de los hombres no nos informan sino imperfectamente sobre ellos mismos. En la parte posterior de nuestra cabeza, dice usted, hay un punto del tamaño de un chelín que no alcanzamos a ver con nuestros propios ojos. Cada sexo debe encargarse de describir, para provecho del otro, ese punto. Convendría, pues, que no nos mostráramos ingratas y les pagáramos con la misma moneda”.

No retroceder ante ningún tema, por trivial o vasto que pareciese, era exactamente lo que yo creí que debíamos intentar.

Esto no tiene que ver con la literatura, me dirán. No. Tiene que ver quizá con la justicia inmanente y quizá con la poesía. Así lo hubiese imaginado la fantasía de Virginia Woolf. Así lo hubiese entendido la pasión de Gabriela Mistral que escribió:

“En la tierra seremos reinas,
y de verídico reinar…”

El verídico reinar nacerá de una larga paciencia. Y mi deseo más ferviente es que jamás acepte una mujer un cargo para el que no esté preparada y que no coincida con sus aptitudes personales autenticas. Por eso insisto en dejar sentado que mi presencia aquí nace de un ansia de quitar cerrojos, nada más. A eso responden también estas explicaciones reiteradas. Si se es reina, hay que serlo en un verídico reinar.

Ahora me he confesado ante ustedes. Es lo único que me parece adecuado en la circunstancia. Traigo conmigo a este lugar a las mujeres.

Han hecho falta cuatro siglos y medio, para que me permitieran, para que nos permitieran a nosotras pisar el césped de las universidades.

Ustedes, queridos colegas, lo saben. Y saben que en el universo entero se están produciendo cambios. Se amoldan a un ajuste impostergable que nos beneficiará tanto a ustedes como a nosotras”.

 


Tags: Victoria Ocampo, Academia Arg. de Letras

Publicado por Marcelo_Choren @ 15:40  | Notas
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