“Nos
felicito, a ustedes primero, miembros de la Academia Argentina de Letras,
después a nosotras, por la resolución que han tomado de incluir a la mujer
entre sus colegas. Los felicito a ustedes primero porque motu propio han
vencido un prejuicio, porque si bien nosotras hemos hecho campañas para el voto
y otros derechos que no compartimos con ustedes, no he oído hablar de campañas,
aquí, para entrar en la Academia. De modo que no han cedido ustedes a ninguna
presión. Dentro de cuanto significa la Academia para la cultura del país, éste
es un hecho histórico.
Algunos de mis intelectuales colegas recordarán que hace varios años que me
invitaron a formar parte de la institución. Rehusé. Rehusé por juzgarme poco
adecuada a estas actividades.
¿Por qué entonces, dirán ustedes, he aceptado lo que no acepté hace unos años?
Porque me convencieron de que mi negativa podía bloquearles, momentáneamente,
la entrada a la Academia a quienes considero aptas para el cargo. ¿Por qué,
volverán a insistir, me imagino yo que puedo bloquear la entrada? Por lo ya
mencionado: supersticiones.
Hasta hace poco, escribía Virginia Woolf, las estudiantes no podían pisar ni el
césped de las grandes universidades inglesas reservadas a los estudiantes. Esto
dará una idea del trayecto recorrido por una mujer un poco menor que Virginia
para llegar al sillón de Alberdi, en 1977. A ella le dediqué, en 1934, el
primer tomo de “Testimonios”, publicado por la Revista de Occidente. Ella me
animó a escribir, aunque sin saber a ciencia cierta a quién le aconsejaba tan
delicada tarea. No leía en español. Pero deseaba que las mujeres se expresaran
en cualquier idioma, en cualquier país, sobre cualquier tema, por trivial o por
vasto que pareciese. En mi dedicatoria le decía yo: “Usted da gran importancia
a que las mujeres se expresen por escrito. Las anima a que escriban toda clase
de libros, sin vacilar ante ningún tema… Piensa usted que los libros de los
hombres no nos informan sino imperfectamente sobre ellos mismos. En la parte
posterior de nuestra cabeza, dice usted, hay un punto del tamaño de un chelín
que no alcanzamos a ver con nuestros propios ojos. Cada sexo debe encargarse de
describir, para provecho del otro, ese punto. Convendría, pues, que no nos
mostráramos ingratas y les pagáramos con la misma moneda”.
No retroceder ante ningún tema, por trivial o vasto que pareciese, era exactamente
lo que yo creí que debíamos intentar.
Esto no tiene que ver con la literatura, me dirán. No. Tiene que ver quizá con
la justicia inmanente y quizá con la poesía. Así lo hubiese imaginado la
fantasía de Virginia Woolf. Así lo hubiese entendido la pasión de Gabriela
Mistral que escribió:
“En la tierra seremos
reinas,
y de verídico
reinar…”
El
verídico reinar nacerá de una larga paciencia. Y mi deseo más ferviente es que
jamás acepte una mujer un cargo para el que no esté preparada y que no coincida
con sus aptitudes personales autenticas. Por eso insisto en dejar sentado que
mi presencia aquí nace de un ansia de quitar cerrojos, nada más. A eso
responden también estas explicaciones reiteradas. Si se es reina, hay que serlo
en un verídico reinar.
Ahora me he confesado ante ustedes. Es lo único que me parece adecuado en la
circunstancia. Traigo conmigo a este lugar a las mujeres.
Han hecho falta cuatro siglos y medio, para que me permitieran, para que nos
permitieran a nosotras pisar el césped de las universidades.
Ustedes, queridos colegas, lo saben. Y saben que en el universo entero se están
produciendo cambios. Se amoldan a un ajuste impostergable que nos beneficiará
tanto a ustedes como a nosotras”.