Se acodó en la barra y pidió un Jack Daniel's. Sonaba un blues denso como el humo del local.
Vilma. Pensó en sus ataques de furia y llanto, en sus desplantes, sus caprichos, sus exigencias. Pensó en los reclamos constantes de aquella infeliz.
En la penumbra, distinguió unos ojos almendrados. Melena rojiza, boca sensual, la sonrisa irónica. Se miraba en el espejo tras las botellas. Tomaba un trago complicado, de esos que traen una sombrillita y dos sorbetes, como los que se ven en las películas.
El barman le acercó el vaso tintineante y un cenicero.
La mujer pasó por detrás, tan cerca que él pudo sentir su calor y el perfume dulce, pesado.
Pensó que necesitaba un cambio, darle un giro a su vida miserable.
Se concentró en el whisky, el asco le impidió saborearlo. Pidió otro.
No siempre había sido así. Al principio, se había llevado bien con Vilma. Ahora se arrastraban en el infierno.
Antes que verla, la anunció el aroma de su cuerpo. La mujer se había sentado a su lado. Sostenía un cigarrillo entre los labios. Le dio fuego con torpeza, sorprendido. La mujer se inclinó hacia él, apoyó dos dedos en su hombro y murmuró las gracias demasiado cerca de su oído, antes de volver a su lugar.
Recordó la luna de miel, las risas, la pasión. Los largos paseos por la playa, tomados de la mano. Los caprichos de enamorada, para que comprara recuerdos del lugar.
El primer choque se había producido en cuanto volvieron del viaje. No duraron ni dos semanas.
Se estremeció: había perdido práctica con las hembras; esa parecía capaz de comerse a tres como él, antes de pedir la cuenta. La miró de reojo, ella parecía estar en otro mundo.
Al bajar la mirada, descubrió una tarjeta, muy cerca del cenicero. Un rectángulo de cartulina celeste pálido. Escrita a mano, una sola frase:
Tus sueños son posibles
En el reverso, un número.
Vilma se fastidiaba cada vez que él quería tocarla. Más de una vez la había descubierto con los ojos en blanco. Mientras él trataba, inútilmente, de penetrarla. Era como poseer un cadáver.
Se alejó de la barra y marcó desde su móvil.
El tono de llamada, y a pocos metros el campanilleo, le llegaron de manera simultánea.
—Hola...
—Hola —espió a la mujer pantera: sostenía el teléfono en la mano y lo miraba divertida.
—Ya gastó su llamada —le dijo antes de colgar—. Invíteme una copa.
Se sintió estúpido, que lo habían enredado como si fuera un colegial.
No importa, pensó, ya no importa nada.
Qué bueno sería liberarse de una vez por todas. Mandar a Vilma al demonio de una buena vez. Ella tendría otro ataque de desesperación: tomaría pastillas, se cortaría las venas, quizá recurriera al Colt...
Se acercó.
—Marcia —se presentó ella frunciendo la nariz. Era un juego conocido; le faltó decir: lindo, chiquito o muñeco.
—¿Qué tomas?
—Lo mismo —levantó el vaso casi vacío, la sombrillita mojada.
Él llamó al barman: una copa para cada uno.
—¿Cómo hago posibles mis sueños? —dijo él con socarronería.
—Es muy fácil —la sonrisa nació y se hizo ancha, rutilante—. Sólo debe pensar en ellos, en sus sueños de siempre.
—Ya estoy pensando, ¿y cuánto tardarán en concretarse? —la conversación empezaba a hartarlo.
Imaginó a Vilma riéndose de él, apuntándolo con un dedo.
—No, no, no... —dijo ella, retándolo como a un crío; la melena, soltando destellos de oro, acompañó la negativa—. Pruebe otra vez, pero con más ánimo. Sus deseos no tienen fuerza, ¿sabe? Usted está rendido.
—Bueno, nena —cortó él—.No nos andemos por las ramas.
Marcia estalló en carcajadas, echó la cabeza hacia atrás.
Él vio su cuello delicado, blanco, terso. Siguió hasta el nacimiento de sus pechos, deseó hundirse allí.
—Otra vez equivocado, se distrae. Mira lo que no debe —la mujer volvió a reír; lo espió entre risueña y afectuosa—. Escuche bien: yo no formo parte de sus sueños. Debe concentrarse, ¿entiende?
Qué distinta a su propia mujer, tan fría, tan agria.
—Marcia, vámonos de acá. En menos de diez minutos podemos estar...
Ella le puso un dedo en los labios.
—Shhh... Sólo yo sé —dijo, imitándolo— dónde podemos estar en diez minutos. Le doy una última oportunidad. ¿Va a desperdiciarla? Mire que no tendrá otra...
Un destello extraño le cruzó los ojos.
¿Estaría loca?
¿Qué pierdo haciéndote caso?, pensó. ¿Qué más puedo perder?
Surgió una idea. Apenas una chispa en la tiniebla.
Vilma...
Vilma olvidándolo definitivamente.
Dejándolo volar.
Ese sí que era un buen deseo, un sueño imposible.
—¿Ve? —la voz de Marcia, lo trajo a la realidad—. Cuando quiere, se concentra.
—¿Ya está? —Ahora, el que sonaba risueño era él.
—Le dije que era fácil —parecía súbitamente cansada—, pero ya tengo que irme. Gracias por la copa.
—¿Cómo? ¿Así como así? Pensé que venía la parte divertida...
—Adiós —ella bajó del taburete. Salió tan rápido que él no atinó a decirle nada.
Confundido, pagó y se fue. Al salir, Marcia ya había desaparecido.
La cálida brisa nocturna lo envolvió mientras caminaba.
Llegó a la puerta de calle.
Le temblaron las manos al buscar la llave. Forcejeó con la cerradura.
Entonces recordó la tarjeta: “
Tus sueños son posibles”.
¿Qué pasaría si eso fuese cierto?
¿Qué pasaría si Vilma lo hubiese olvidado?
¿Que pasaría si,
su Vilma lo hubiese olvidado para siempre?
Abrió la puerta, llamándola.
Lo acallaron con dos estampidos.
Vilma miraba desorbitada —con el Colt aún humeante entre sus manos—, el cuerpo de ese intruso que, antes de caer, la había llamado por su nombre.
© Marcelo Choren - Buenos Aires, marzo de 2002
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