El título no se refiere a una novela erótica, sino a dos figuras que utilizan los buenos narradores.
Ya conocen las
muñecas rusas, esas que —al abrirlas— muestran otra más pequeña adentro, que —al abrirlas— muestra otra más pequeña adentro, que...
Permítanme presentarles al
huevo de la paciencia: un invento chino (cuando no) consistente en una esfera de marfil con un orificio. Se introduce una varilla en el agujero y empieza a escarbarse, ya que en el interior hay otra esfera con su correspondiente orificio. Una vez localizado y atravesado, hay que seguir escarbando porque, como se imaginarán, hay más y más esferas unas dentro de otras.
Todo esto debe hacerse a ciegas, valiéndose del tacto (lo cual requiere una paciencia
china).
Imaginen estos dos objetos como recursos de autor.
Mario Vargas Llosa menciona la habilidad, el arte, necesarios para ocultar información al lector. Recordarán mi insistencia sobre este punto, ante a los autores noveles que se “desesperan” por contarlo todo.
Algunos datos se esconden por
hipérbaton (
hipérbaton: alteración del orden lógico de una frase). Las novelas policiales son un buen ejemplo: el elemento faltante aparece al final, en la resolución. Aquí, el símil con la muñeca rusa.
Otros datos se suprimen por
elipsis (
elipsis: alusión a un objeto o acción sin mencionarlo de manera explícita). El mejor ejemplo que se me ocurre es “Los asesinos” de Hemingway, donde el motivo del intento de asesinato no se menciona jamás. ¿Cómo son las esferas interiores del huevo de la paciencia? No lo sabemos, debemos contentarnos con “palparlas”, con saber que están allí.
Y así, el escritor esforzado arma y desarma sus historias. Escondiendo, recortando —no por ignorancia sino por voluntad—, aquello que el lector develará o intuirá apenas, tras las palabras.
En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuento de Jorge Luis Borges que pertenece a
Ficciones; el autor escribe: “
...Bioy Casares había cenado conmigo esa noche, y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores —a muy pocos lectores— la adivinación de una realidad atroz o banal... ”
Me han preguntado en el taller:
¿Deben, entonces colocarse los “indicios” en el texto?
La respuesta es
sí. Un sí rotundo: las pistas (los indicios)
deben estar presentes en el relato. Tampoco puede contarse todo porque el misterio se agota en sí mismo.
Imaginen este pàrrafo:
Pedro abrió la puerta. Venía dispuesto a asesinar a su tío Eulalio para que, en unos pocos días, la policía lo descubriera todo. Después de esto, ¿para qué seguir leyendo?
El ocultamiento absoluto es imposible, conduce al
deus ex machina, a la resolución forzada y de último momento.
Los finales al estilo "
y entonces me desperté. ¡Todo había sido un sueño!" caen dentro de esta clasificación.
"Toda historia encierra dos historias, una visible y una oculta, que se revela al final". Si el lector recorre la narración de atrás para adelante, debe reconocer esos indicios que el autor ha sembrado y que conducen hacia el desenlace.
Esto abre un campo muy amplio sobre cómo deben ser esos indicios.
Chejov dice: "si en el primer acto se ve una escopeta colgada sobre la chimenea, en el tercer acto esa escopeta
debe ser disparada". Este concepto, de tan aparente sencillez, es donde tropiezan la mayoría de los autores noveles.
También hay que aplicar el mecanismo inverso: "si en el tercer acto se dispara una escopeta, en el primero debe aparecer colgada sobre la chimenea".
Si, mediante la distribución de indicios, le hemos prometido al lector que algo sucederá con (o debido a) un objeto o un personaje, debemos cumplir con ese pacto. Y, por la recíproca, si algo sucede al final, debe verificarse que eso mismo ha sido "pactado" de antemano.
Como lectores no tendría preocuparnos el descifrar, develar, o anticipar hacia dónde nos conduce el autor. Una primera lectura debe encontrarnos libres de prejuicios y dispuestos al goce estético. Ya habrá tiempo, si nos interesa, para otras lecturas más críticas, reveladoras de "la cocina" del escritor en cuestión.
Como autores nos encontramos en la obligación de elidir el exceso de explicaciones, que soltamos por temor a no ser comprendidos; y confiar más en la capacidad del lector.
© Marcelo Choren – España, 2007
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